Los últimos 10 minutos de La Paz, Bolivia

Miles de automóviles estaban inmóviles en las calles, sin espacio para circular. Las bocinas llenaban el aire. Los hormigueros se multiplicaban y se agolpaban en los refugios subterráneos. La noche era un cuadro aterrador de pánico colectivo. Las fogatas morían lentamente en la lejanía.

Había una conciencia —o presentimiento— general del desastre que se avecinaba.

La desinformación. Los rumores. Los gritos. La impotencia. La desesperación por huir de la ciudad. La incertidumbre. El miedo.

No todos habían alcanzado a ver las explosiones en el espacio. Muchos sólo habían sufrido los apagones eléctricos sin que se les hubiera ocurrido mirar al cielo. Pero ya había una muda certeza de que estaban a punto de sufrir un ataque termonuclear.

Gente de todas las clases sociales corría lado a lado. Llantos y gritos. Voces, lamentos e insultos en Castellano y en Aymara. Alguien pensó incoherentemente que lo que estaba por suceder sería realmente democrático. Ricos, pobres, blancos, mestizos, aymaras, y todas las “gentes comunes” que forman la inocente masa ciudadana, se encontraban a punto de convertirse en partículas de metales pesados y carbono radiactivo. Democracia verdadera al final de todo.

Familias y grupos desesperados asaltando buses en el inútil intento de escapar. El mercado Rodriguez (y casi todos los mercados de la ciudad) saqueados por vándalos entre los que predominaban las mujeres y los niños. Los vidrios de los centros comerciales rotos, las alarmas sonando irritantes en la penumbra (extrañas olas de asaltos en los cuales todas las linternas, baterías y radios habían sido extraídas, pero nadie había tocado los televisores de alta definición, ni las computadoras, ni los valiosos equipos de sonido).

Rumores y reportajes fragmentarios en las radios que todavía no habían quedado en silencio. Grabaciones recordando la ubicación de los refugios antiaéreos

(“Se repite que esto es una emergencia real. La Paz se halla bajo ataque aéreo. Se recomienda llegar ordenadamente a los refugios determinados para cada barrio. Hay tiempo. Se pide a la población mantener la calma. Esto no es un ensayo. Esto no es un ensayo. Para su seguridad, acuda al refugio más cercano a su domicilio. Apague todas las luces y fuentes de calor, porque los misiles que vienen en camino se guían por sistemas infrarrojos. Esto no es un ensayo de seguridad. La gente de Bajo—Miraflores debe acudir al Estadio Olímpico. Los vecinos de Sopocachi deben ingresar a los sótanos de los edificios marcados con el signo de refugio. La gente del centro debe acudir a las bóvedas del Banco Central y a las bóvedas de aquellos bancos que llevan el signo de refugio. Hay seis edificios marcados autorizados por los comités de seguridad. La gente de Obrajes debe acudir a...:)

eran voces lejanas. Las alarmas ya habían dejado de sonar y llenar la noche fría.

Caos: Gente inundando las calles en Tembladerani (donde no habían refugios antiaéreos), un camión volcado bloqueando parte de puente de Calacoto, una cadena de accidentes que impedía la circulación por la autopista a Lipari, ocho filas de automóviles subiendo lentamente por la autopista al Alto (cuatro carriles en contra-ruta), la gente en Ciudad Satélite tratando de alejarse a pie y en bicicletas del radio urbano, la telaraña de luces láser prendiéndose en el cielo paceño en busca de los misiles intrusos, cambiando de forma en el espacio, proyectando imágenes geométricas siempre diferentes en tres dimensiones entre las nubes y el humo...

Entonces cayó el primer proyectil como un meteorito. Algunos sobrevivientes dirían que cayó en la zona de la Avenida del Ejército. Otros dirían que fue justo en el centro de la ciudad, en la Plaza del Estudiante. Es difícil que ellos hubieran visto realmente el lugar del impacto. Tal vez sólo cuentan lo que creyeron ver. Lo cierto es que a partir de aquel instante, la ciudad dejó de existir, y todo lo que quedó fue una referencia técnica de los hechos en las bitácoras de los cerebros electrónicos:

La bomba que impactó en la hoyada era relativamente pequeña (500 kilotones). Los arsenales nucleares a partir del 2.000 tendían a preferir una mayor cantidad de unidades de bajo poder (durante la guerra fría del siglo XX se había llegado a hablar de megatones de potencia, pero la tendencia había cambiado posteriormente). Sin embargo, 500 kilotones era poder más que suficiente para aniquilar totalmente una ciudad mediana.

El punto exacto del impacto es prácticamente irrelevante. El primer milisegundo después de la detonación, surgio una onda mortífera de neutrones y radiación gamma que eliminó a todo ser vivo desde el final de San Jorge hasta San Francisco. Toda esa gente tuvo una muerte instantánea y no sufrió. En el centro de la explosión se empezó a formar simultáneamente una bola de fuego de gases en combustión que alcanzó inmediatamente una temperatura de 400.000 grados. Durante las primeras milésimas de segundo, la bola de fuego no era más grande que un globo aerostático, pero crecía a una velocidad mayor que la del sonido, aumentando su diámetro hasta alcanzar proporciones gigantescas.

Media décima de segundo después, la bola de fuego había alcanzado un tamaño de 500 metros de diámetro, “enfriándose” a 75.000 grados, y reduciendo a cenizas todo lo que se encontrara dentro del globo incandescente (incluso el cemento y las piedras). Nació la “onda de choque” que se debía a la tremenda presión dentro del globo. En un principio, la “onda de choque” coincidió con el diámetro de la bola de fuego, pero después se expandió más rápido y se hizo independiente. Dos segundos después de la detonación, la bola de fuego tenía un radio de casi dos kilómetros, y la onda de choque producía vientos de varios miles de kilómetros por hora (velocidad superior a la de cualquier huracán). El viento hizo volar casas y edificios, levantó rocas inmensas y se llevó por delante pequeñas colinas. Su velocidad era tal, que clavó fragmentos de arena y pedazos de paja en las columnas de acero de los refugios como si fueran balazos disparados contra mantequilla. La onda de choque viajó cinco kilómetros, o sea que barrió incluso Calacoto, Irpavi, Achumani, y se detuvo en Cota Cota. Por el otro lado, redujo todos los barrios periféricos a escombros, prácticamente aplastándolos contra el cerro.

Diez segundos después del impacto, la bola de fuego tenía un diámetro de algo más de dos kilómetros, o sea que englobaba todo el centro de la ciudad y parte de Miraflores y Sopocachi. En este momento, el globo —mucho más caliente y liviano que el aire circundante— empezaba a elevarse rápidamente mientras bajaba su temperatura.

Al elevarse, producía un segundo viento que succionaba todos los escombros verticalmente hacia el cielo. Pedazos de edificios de toneladas de peso empezaban a volar despegando como cohetes detrás del globo de luz. Muy alto —más alto que la Ceja— la bola de fuego perdía su brillo y alcanzaba un diámetro de cinco kilómetros. Finalmente disminuía su luminosidad lo suficiente como para poder ver la luz del sol (teóricamente, puesto que cualquiera que hubiera estado cerca —y hubiera sobrevivido— habría quedado instantáneamente ciego).

Pasaron los segundos, y la bola de fuego seguía chupando polvo y escombros en un viento vertical de 600 kilómetros por hora formando una nube casi sólida en el cielo. Ese fue el momento en que se pudo ver recién su característica forma de hongo. Un hongo colosal de seis kilómetros de altura, con una cabeza de cinco kilómetros de diámetro.

Un minuto después del impacto, el hongo seguía creciendo y empezaba a disiparse, dejando una nube que oscurecería la ciudad y sus alrededores por varias semanas, causando un tremendo frío que corrientemente se conoce como “invierno nuclear”.

Dos misiles más llegaron. El primero causó una similar detonación en El Alto, y el segundo fue inutilizado por los escombros que flotaban en el aire a causa de la primera explosión. Técnicamente, este fenómeno se conoce como “fratricidio”, y está contemplado en los planes de ataque nuclear desde el siglo XX.

La Paz había dejado de existir. Los sobrevivientes sabían que algo similar estaba sucediendo en las 50 ciudades más grandes de Latinoamérica. Una etapa de la historia había terminado.

Nadie pensaba en el futuro.

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