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  • La Misión


    LA GENTE NATIVA DE LOS PAISES DEL TERCER MUNDO, ATRAPADA ENTRE PODERES ECONOMICOS GIGANTESCOS, ES ELIMINADA EN SILENCIO, COMO HORMIGAS QUE ATRAVIESAN EL CAMINO DE UN REBAÑO DE ELEFANTES. SU IMPORTANCIA SE COMPRENDE DEMASIADO TARDE: SUS CULTURAS PUEDEN GUARDAR SECRETOS DE ARMONIA Y DE CONVIVENCIA CON EL PLANETA QUE PODEMOS COPIAR PARA EVITAR EL DESASTRE. PORQUE SON CIERTAS DEFICIENCIAS DE LA CULTURA OCCIDENTAL LAS QUE NOS ESTAN CAUSANDO LOS PROBLEMAS DE SOBREPOBLACION Y DESTRUCCION DEL HABITAT HUMANO.

    ALBATROS

    La Misión

    Viajaron primero a Oruro en un minibus eléctrico, y acamparon en las afueras de la ciudad. Se quedaron junto a un lago, y se recostaron en sus sleepings térmicos cerca de la orilla. Alex puso una cinta de GENERATOR en su grabadora y se durmió con la música sonando en sus audífonos. Los otros estaban cansados y nerviosos, así que casi no hablaron. A las cuatro de la madrugada, mientras la ciudad todavía dormía, Vizcacha llegó trayendo un transporte camuflado con equipo y provisiones. Delfín tomó el volante y se alejaron de Oruro en dirección al poblado Chipaya.

    Vizcacha era un Protector chipaya moreno, alto y flaco. Gaviota le había ordenado ser el guía de la manada y ponerse bajo las órdenes de Delfín.

    Vizcacha pasó horas contándoles chistes.

    (-¿Ustedes saben por qué la ministra de salud va a morir desangrada?

    -No. ¿Por qué, Vizcacha?

    -Porque tiene un periodo de cuatro años.)

    Los cuatro estallaron en una carcajada. Pero poco a poco, los buenos cuentos se terminaron y empezaron los mediocres.

    ( -¿Por qué los elefantes no pueden jugar fútbol?

    -¿Por qué, Vizcacha?

    -Porque no hay cachos redondos.

    Pero los cuatro seguían riendo aún cuando los cuentos mediocres se acabaron también y empezaron los malos.

    (-Si un tren eléctrico viaja a 200 kilómetros por hora de norte a sur, ¿hacia dónde va el humo?

    Lobo preguntó tontamente:

    -¿Hacia dónde va, Vizcacha?

    Los otros cuatro le cayeron encima y lo despeinaron completamente

    -TONTO, LOS TRENES ELECTRICOS NO ECHAN HUMO.)


    El transporte blindado recorrió camuflado el desierto árido de la puna buscando su camino entre la red de senderos del interminable arenal. Era fácil perderse en el laberinto de senderos abiertos muchos años atrás por los contrabandistas.

    Parecía que aparte de las plantas de thola que crecían difícilmente entre los montones de piedra y arena, no había seres vivientes en aquel sector del altiplano.

    Se podía sentir LA SOLEDAD.

    Se podía oír EL SILENCIO.

    La llanura era interminable.

    Daniel miró hacia adelante, atrás, a la derecha, a la izquierda. Era INTERMINABLE.

    SOLEDAD.

    SILENCIO.

    Ya eran casi las doce. La temperatura era agradable, y los cinco salieron a comer sus almuerzos fuera del vehículo. Se sentaron en la arena haciendo un círculo y siguieron riendo de las tonterías que Vizcacha les decía. Vizcacha les caía bien.

    Pero Tigre estaba un poco extraño. Lince no lo sabía porque no le conocía aún, pero Lobo y Delfín notaban algo. Al principio no sabían qué le pasaba. Viviana fue la única que se dio cuenta cuando Alex se dirigió a Daniel:

    -Oye, Danny, ¿quieres un poco de mis papas fritas?

    Y él contestó secamente:

    -No, gracias.

    Ese era un problema que ella no esperaba. Era obvio para ella (Viviana era la más perceptiva de los cinco) que por algún motivo Daniel no se llevaba bien con Alex. Y eso era muy peligroso para la operación. La cohesión del grupo tenía que ser total. Los cinco tenían que confiar totalmente los unos en los otros (como una unidad). Uno de los dos tendría que quedarse en el vehículo y los otros cuatro tendrían que ir a dejar las cargas de mercurio. Eso era arriesgado, porque la operación había sido planificada para cinco. Pero si no había unidad no habría alternativa.

    Eso lo decidiría después. Por el momento, el altiplano sobrecogedor lo era todo, y ella se sentía bien. Un poco nostálgica, pero viva y plena.

    Y Alex estaba con ella.

    Viviana miró hacia las montañas y pensó en su casa. La Cordillera Oriental ya se perdía de vista, y los picos nevados parecían suspendidos en el aire un poco por encima del horizonte. En algún lugar cerca del primer pico de la izquierda, estaba La Paz, en un cañón inmenso, a 80 kilómetros de aquella montaña extraña de tres puntas. Su ciudad adoptiva multicolor y deslumbrante.

    Pero si hubiera podido escoger entre estar en su colegio llevando una vida normal

    (resolviendo la segunda derivada de una función e igualándola a cero para encontrar sus máximos y sus mínimos, o determinando los patrones de un sistema complejo en base a sus características de atractores y repelentes, o tratando de hacer funcionar su mente más rápido que un coprocesador para determinar la figura que una fórmula matemática bosquejaría en fractales antes de que Pedro -el genio matemático de su curso- pudiera hacerlo, o escuchando las tontas ideas de sus compañeros de curso en los análisis de literatura contemporánea, o...)

    o estar en la mitad del imponente e interminable altiplano andino,

    (escuchando el silbido suave de la brisa fresca entre las plantas -que inexplicablemente viven y se reproducen a esa altura y en esa tierra hostil-, contemplando el cielo desde la puna de cuatro mil metros de altura -tan puro y tan cercano al espacio que su color es entre azul, rojo y negro-, sentada en la arena fina y suave -la misma que habían pisado sus antepasados, gente que construía colosales pirámides de piedra, estudiaba el movimiento de las estrellas y diseñaba calendarios tan perfectos como los nuestros... en una época en la cual los sajones, los germanos y los galos eran todavía bárbaros que arrojaban lanzas contra los romanos)

    ella prefería estar donde estaba.

    Le excitaban la ansiedad que experimentaba antes de las misiones, y el desafío de guiar a su manada al triunfo sin que ninguno de ellos "saliera cazado".

    Le fascinaba el desafío de burlar las mejores defensas del mundo, infiltrarse en instalaciones a las que nadie puede entrar jamás, jugar un ajedrez electrizante y mortal con los expertos en seguridad de la Corporación... y derrotarlos. Luchar por el mundo, el futuro y la vida.

    Además, ahora tenía lo que le había estado faltando. Se sentía completa.

    (Un cuento de hadas hecho realidad, en el que aparece un príncipe encantado y toma a la princesa entre sus brazos... Y los buenos triunfan... Y la magia es verdadera.)

    Vivi sonrió sola mientras se echaba de espaldas en la arena para mirar cómo las nubes se movían lentamente sobre sus cabezas. Alex estaba junto a ella, era un guerrero del mundo y estaba luchando a su lado para que tuvieran un futuro (los dos, juntos). Viviana cerró los ojos y vibró

    (LA VIDA, EL FUTURO, LA PLENITUD, LA JUVENTUD, EL RIESGO, ALEX...)

    porque en ese instante, le pareció que todo tenía sentido.

    Luchar por su futuro, junto a Alex.

    ALEX.

    Alex estaba distraído con la conversación de los chicos, riéndose de todos sus chistes y metiendo de rato en rato tonterías en la charla que también hacían reír a los otros. Pero él sentía un vacío difícil de definir. En parte extrañaba su casa. En parte tenía miedo. En parte hubiera querido estar con Vivi a solas. En parte tenía la sensación de que algo entre los cinco no estaba marchando bien. Sus ojos se cruzaron muchas veces con los de Marco y ni una vez con los de Daniel. Pero cada vez que empezaba a pensar en eso, alguno de los otros (la mayoría de las veces Vizcacha) decía algo tonto y chistoso que le hacía reír.

    Miró a Vivi. Ella era la mejor chica que se podía tener. Era como una heroína interplanetaria de su revista favorita de ciencia ficción -y sexo- "SUEÑOS DE METAL". Alex estiró la mano para tocar la mano de su chica.

    Su mirada se cruzó otra vez con la de Lobo

    (¿por qué me miras tanto, hombre?)

    y Alex sonrió a su amigo.

    Marco era buena gente con él. De alguna manera Alex se sentía "apreciado" por Marco. Sabía que los de su curso lo abusaban (todo el colegio lo sabía). Pero también sabía que muy pocos hubieran tenido las agallas para hacer lo que Marco estaba haciendo en la AV. Marco estaba en una misión muy peligrosa. Una misión a la que ninguno de los "abusivos" de su curso habría podido ir sin mojar sus pantalones de miedo.

    "¡Qué bien, Marco! Me caes bien, hombre. Eres mucho mejor que los estúpidos con los que salgo en La Paz... Eres mil veces mejor que Tabo porque él es un traicionero. Es mi amigo sólo cuando le conviene. Eres diez mil veces mejor que Vinchuca, porque él es un robot que hace todo lo que Tabo le ordena. Te quiero conocer mejor, Marco... y tal vez te cuente que me junto con ellos porque son los únicos en el mundo que me tragan. Te voy a contar cosas que ni mi papá sabe. Te voy a contar que cuando tenía doce años lloraba en la cama por las noches porque... le caigo mal a la gente."

    Alex tomó la mano de Viviana y Marco miró para otro lado.

    Daniel estaba mirándolos a los tres y por un momento a Marco se le heló la sangre por el temor de que Daniel sospechara algo.

    "Marco, si sigues mirando tanto a ese imbécil, va a pensar que eres Kewa". Daniel se sentía incómodo. Tenía que tragar al Ríos porque estaba en una misión de la AV. Pero cuando se terminara la misión, haría algo para no tener que soportar a ese entrometido en el grupo. O se iba el "niño bonito" o se iba Daniel. La cosa era así de simple. Todo estaba tan bien en el grupo hasta que llegó ese "creído" y ahora todo estaba tan distinto, que Daniel sentía rabia contra Cóndor y contra Vivi. No era justo. Antes tenían un equipo fabuloso, Vivi, Marco y él. Eran dinamita. Pero ahora llegaba ese tarado y lo arruinaba todo. Vivi estaba cambiada, Marco estaba extraño, y el Ríos se transformaba (como siempre) en el centro del universo. "Yo no sé cómo lo soportas, Vivi. Un día de éstos voy a romperle la cara. Hace tiempo que tengo ganas de romperlo, pero alguien siempre se me adelanta".

    Daniel miró a Vizcacha porque estaba por hablar y no quería perderse el chiste que contaría. Todos miraron a Vizcacha en silencio.

    Pero Vizcacha no les contó chistes. Por primera vez en todo el día, habló en serio. Viviana se sentó para escucharlo, y los otros dejaron de hacer bromas.

    -Chicos... Yo quiero agradecerles en nombre de mi gente por lo que están haciendo. Yo sé que ustedes son chicos de colegio, y que deberían estar en clases a esta hora... No arriesgando sus vidas por nosotros. Mi papá no quería que los llamáramos. Lo que pasa es que estamos desesperados...

    Vizcacha hablaba difícilmente.

    -Oigan... ¿no se están rayando?

    Vivi habló en nombre de todos:

    -No, Vizcacha. Nosotros hemos tomado la decisión de servir a la AV voluntariamente. Nadie nos ha obligado. Lo hemos hecho por nuestro futuro. Sabemos que la cultura de tu gente es importante para el futuro de todos nosotros, porque ustedes han aprendido a vivir sin destruir el mundo. Tenemos mucho que aprender de ustedes y no podemos dejar que se mueran. No sólo lo estamos haciendo por tu poblado, Vizcacha. Lo estamos haciendo por todos nosotros. No tienes nada que agradecernos.

    -Yo me llamo Alex. ¿Cómo te llamas tú, Vizcacha?

    -Me llamo Paulino.

    -Yo me llamo Daniel. Pero todo el mundo me llama Danny.

    -Yo me llamo Marco.

    -Yo me llamo Viviana. ¿Por qué dices que tu papá nos llamó, Paulino? ¿Quién es tu papá?

    -Mi papá es la autoridad mayor de los Chipaya. Este año, nuestro ayllu tiene el mando. Quiero decir nuestro grupo, nuestro clan... ¿entienden?

    La mirada atenta de los cuatro significaba "no".

    -Mi pueblo está dividido en cuatro sectores. En cada sector hay un grupo de familias que se mantienen ahí desde hace siglos. Cada uno de esos grupos es un ayllu. Cada ayllu tiene una torre de barro. Cuando vayamos al pueblo se las voy a mostrar. Los cuatro ayllus se turnan el mando del pueblo y este año nos tocó a los Mamanis. Mi papá fue elegido.

    -¿Ustedes son descendientes de los Incas, Paulino? -preguntó Lobo.

    -No. Somos diferentes. Tenemos nuestro propio idioma, el Puquina. Dicen que somos un pueblo más antiguo. Dicen que los habitantes de este continente llegaron en dos o más oleadas hace unos doce mil años. Mi gente desciende de la primera oleada y los Incas de la segunda.

    Los cuatro lo miraban con los ojos muy abiertos.

    -¿Puedes decir alguna cosa en tu idioma, Paulino? -Ese era Alex, siempre curioso.

    Paulino dijo algo que resultaría muy difícil escribir.

    -¿Qué quiere decir eso?

    -Quiere decir "gracias, amigos".

    Vivi sonrió y le preguntó:

    -¿Cómo se dice "por nada"?

    Vizcacha lo pensó por un rato y le dijo una palabra extraña a Vivi.

    Ella trató de repetirla pero su pronunciación fue tan chistosa que los cinco volvieron a estallar en una carcajada.

    -Los incas no tienen relación con nosotros. Creo que fueron los primeros en tratar de destruirnos, pero no pudieron. No se sabe mucho de nuestra historia. Mi abuelo decía que somos descendientes de gigantes que sólo trabajaban de noche.

    Hubo un momento de silencio.

    Lobo preguntó:

    -¿Qué es lo que está pasando en tu pueblo, Vizcacha?

    -Primero se enfermaron las ovejas, -dijo Vizcacha volviendo a ponerse serio-. Primero fueron los animales que tomaban el agua del río. Mi perro se enfermó también. No podía caminar. No podía levantarse. Se le paralizaron las patas del lado derecho y no podía moverse. Teníamos que llevarle la comida hasta su cama para que se alimentara. No sabíamos que era el agua. Creíamos que era alguna enfermedad de los animales. Creíamos que se pasaría pronto. Pero...

    (Hubo una pausa.)

    ...pero entonces dos señoras se enfermaron también. Se paralizaron sus piernas. Creímos que era porque habían comido animales enfermos... pero era el agua. Mi papá salió con una comisión del pueblo para pedir ayuda. Hicieron todo lo que pudieron, pero nadie les hizo caso. Mucha más gente se enfermó. Algunos se volvieron locos. Todo cambió. Estamos asustados. Mi...

    (Los otros cuatro miraban al suelo. Vizcacha estaba haciendo esfuerzo para terminar.)

    ...mi hermano también está enfermo.

    Alex estaba furioso y preguntó tontamente:

    -¿Por qué no ponen esas plantas peligrosas en sus propios países? ¿Por qué las traen aquí?

    Ellos le miraron. Alex respondió su propia pregunta:

    -Es porque ellos no quieren enfermarse, ¿no?

    Los otros no le contestaron.

    Vizcacha trató de hacer un chiste pero perdió la inspiración.

    De todas maneras, los otros ya no tenían ganas de seguir bromeando.

    Para Alex, todo eso era nuevo. Era su primera misión. Miró a los otros y les dijo:

    -Tenemos que paralizar esa planta, chicos. No podemos fallar.


    La Ultima Etnia Americana

    Eran aproximadamente las 5 de la tarde cuando avistaron el poblado. Viviana estaba conduciendo el vehículo y Vizcacha estaba sentado junto a ella guiándola para que no se perdieran en la maraña de sendas que se entrecruzaban en el interminable arenal.

    Unos 40 minutos antes, había empezado el viento. El viento levantaba nubes de arena en las que resultaba muy fácil perderse. Aún cuando todas las ventanas estaban bien cerradas, la arena entraba al transporte y se acumulaba en el suelo del vehículo.

    Atrás, los otros tres dormían.

    Tigre estaba en el primer asiento, con la cabeza apoyada en la ventana, durmiendo sin soñar.

    Lobo había quedado dormido después de pensar y pensar. Recién estaba empezando a concebir las implicaciones de lo que había descubierto acerca de sí mismo. Había tantas implicaciones que se sentía abrumado. La impotencia de no poder cambiar lo que descubrió. La certeza de que Alex jamás debería sospecharlo. El miedo de que los otros chicos de la manada se dieran cuenta.

    Y eso no era nada aún. Había tantas cosas que él no haría jamás. Veía soledad en su futuro. Mucha soledad.

    "Yo no voy a tener hijos". Era absurdo tomar esa decisión. Claro que no los tendría. Tal vez había tomado esa decisión solamente porque su mente trataba de racionalizar algo que en el fondo ya sabía. Pero no era justo que eso le pasara precisamente a él.

    Injusticia, destino, fatalidad.

    Se sentía demasiado joven y frágil como para lidiar con esas realidades de la vida. Pero presentía que eran cosas para las que nunca estaría realmente preparado. Cuando se preguntaba el por qué, encontraba muchas respuestas, pero ninguna de las causas era su culpa. Era injusto. Durmió por un par de horas y se sintió mejor. Era preferible no pensar en eso. No había nada que hacerle. Además, mientras más pensaba, más cosas veía derrumbarse y desvanecerse en su vida. Nunca llevaría una vida normal.

    Alex estaba nostálgico. La verdad es que nunca había estado lejos de su casa tanto tiempo. Se preguntó qué estarían haciendo su padre y su hermano a esa hora. Se sentía vacío. Se veía arrastrado por un torbellino de sensaciones nuevas, de riesgos y temores en los que no quería pensar.

    Una parte de él se sentía plena. Todo tenía sentido. Pero otra parte de él estaba nostálgica por lo que había tenido que sacrificar. Adiós a su otra vida. Adiós, Alex Ríos. Cóndor tenía razón. Ya no podría ser como antes nunca más. Algo en él había muerto. Era como si hubiera otra persona en la misma mente. Aquí tenía solamente su misión, su entrenamiento, sus amigos y Vivi. Todo se había transformado demasiado rápido. Pero él había hecho lo correcto -o eso creía-. Tenía una misión que tenía sentido y que era importante para alguien. Había crecido. "Además, la vida es eso: crecer, mejorar siempre en mente y en cuerpo. Y el que deja de crecer empieza necesariamente a deteriorarse". Alex sentía que estaba creciendo.

    Vizcacha miraba al frente mientras las casas del poblado empezaban a distinguirse entre las nubes de arena. Para él, aquellas tormentas de arena eran parte de su vida cotidiana. Eran algo que ocurría cada tarde a la misma hora. Ese desierto desolado era su hogar. El único hogar que había conocido. El hogar en el que se había sentido siempre seguro y feliz. Pero su hogar se había transformado en una pesadilla. La muerte y el desastre habían llegado de pronto, y la vida allá ya no sería la misma.

    A Vizcacha le gustaba mantenerse al día con lo que ocurría fuera del poblado, pero poco a poco estaba empezando a creer que su padre tenía razón cuando le decía en su idioma:

    "Hijo, no te dejes deslumbrar por lo que hay en las ciudades más allá de las montañas. Todas las cosas malas para nosotros han llegado desde allá afuera. Tienes que saber lo que hay en el mundo tecnológico, pero no debes dejarte deslumbrar. Tienes que poder distinguir lo bueno de lo malo."

    Vizcacha se había hecho más y más rebelde hacia las ideas de su padre a medida que pasaba el tiempo. Pensaba que las ideas Ôdel viejo' eran anticuadas y que él también tenía derecho a vivir las maravillas del siglo XXI. Las ciudades deslumbrantes, los conciertos de música espectaculares, las carreras en autos eléctricos, las autopistas, el estilo de vida de las grandes urbes, los romances de las películas, el mundo palpitante y acelerado del 2.025...

    Una tarde, se había peleado con su padre y le había dicho desafiante:

    -Si querías hacerme quedar aquí para siempre deberías haberme llamado Quilco y no Paulino.

    (Quilco era el protagonista de un cuento del siglo pasado, un joven nativo aimara que soñaba con triunfar en el mundo, y al final decidió volver al altiplano a trabajar como labrador porque todos se burlaban de sus ilusiones.)

    Su padre lo había tomado por las solapas y le había dicho:

    -Quilco era un imbécil, y el que escribió el cuento era un racista. Lo que yo quiero es que conozcas lo bueno y lo malo que el mundo tecnológico y corporativo tiene para ofrecerte. Y si decides tu futuro en base a las opiniones de gente que ni te conoce, me decepcionarás mucho. Lo que quiero que tengas claro es que nosotros podemos hacerlo mejor que ellos. Lo hemos hecho mejor que ellos por miles de años, hasta que nos han asaltado, saqueado y sometido en lo que ellos llaman "conquista". Pero nada nos impide levantarnos de nuevo y volver a hacerlo mejor que ellos por otros miles de años más. ¿Entiendes?

    Paulino había entendido a medias y se había zafado de su padre para poder salir de su casa y recorrer solitario el desierto hasta la caída del sol.

    Paulino estaba sentado junto a Viviana en el asiento de adelante.

    Su hermanito estaba enfermo en su casa.

    Se sentía traicionado por las cosas en las que había creído tanto. Se sentía traicionado por la "civilización" que lo había deslumbrado desde que tenía unos 12 años. Su padre tenía razón. Por lo menos en esto.

    **

    -Despierten chicos. Hemos llegado. -Viviana vio aparecer junto al vehículo una casa redonda de barro que le recordaba en algo a las que construían los horneros en los árboles. Luego vio otras casas iguales alrededor del transporte. Habían aparecido de pronto entre las nubes de arena. No vieron el pueblo al acercarse desde el arenal. Solamente pudieron verlo cuando ya estaban dentro. La arena. El viento.

    Viviana vio dos niños pequeños que los saludaban sonrientes, sentados junto a la puerta de una de las casas. Tenían las caras sucias y los trajes negros. Por el parecido debían ser hermanos. Ella los saludó también. Vizcacha sacó la cabeza y les gritó algo en su idioma que los hizo reír.

    Vizcacha volvió a meter la cabeza y cerró rápidamente la ventanilla de plástico para que no entrara más arena. Miró a Viviana y le dijo:

    -Es una suerte que esta tormenta de arena sea tan fuerte.

    -Sí, Vizcacha -dijo ella.

    -¿Una suerte? -preguntó Alex desde atrás.

    -Sí, Alex, -dijo ella sin dejar de mirar el camino-. Bloquea los detectores de los soldados de la planta y no pueden saber que hemos llegado.

    -A la derecha, Delfín. -Vizcacha le indicó una calle entre las extrañas casas redondas. Ella condujo el vehículo por el estrecho camino. Difícilmente alcanzaba a ver más allá de unos diez metros en la nube de arena. Avanzaron unos 30 metros más y Vizcacha le hizo detener el vehículo.

    -Espérame por favor, -dijo mientras abría la portezuela y bajaba.

    Los cuatro vieron desde adentro del transporte que Vizcacha abría una puerta disimulada en la pared de una casa. A simple vista parecía simplemente una pared de barro, pero en realidad había ahí una puerta metálica camuflada. Vizcacha la levantó como si fuera un toldo y le hizo señales a Viviana para que metiera el vehículo. Ella avanzó lentamente porque la puerta era estrecha, y se detuvo un momento al entrar porque sus ojos no podían ver en la oscuridad. Unos segundos después, avanzó hasta el fondo y detuvo el transporte. Vizcacha cerró nuevamente la puerta y quedaron a oscuras.

    -Bienvenidos a Santa Ana de Chipaya, chicos, -dijo Vizcacha sonriente-. Pueden bajar a descansar. Aquí el carro estará seguro.

    Los cuatro bajaron del transporte y sintieron el frío que entraba por las grietas del improvisado garaje. Alex bostezó y Daniel se estiró. Marco volvió a entrar y les pasó sus casacas térmicas. Vizcacha no tenía una porque no la necesitaba. Estaba acostumbrado al viento frío.

    -¿Dónde podemos darnos un baño, Vizcacha? -preguntó Viviana.

    -En mi casa. Pero tienen que hacerlo rápido, porque aquí hay poca agua.

    -Sabemos hacerlo hasta contar diez, -dijo Alex.

    -Está bien, vengan, -dijo Vizcacha abriendo la puerta.

    Una ráfaga de viento frío y arena entró a la habitación. Se cubrieron los ojos precipitadamente y metieron las manos en los bolsillos. Tuvieron que gritar para hacerse escuchar por el sonido ensordecedor del viento.

    Salieron a caminar en medio de la nube de arena entre las extrañas casas redondas. No se separaron de Vizcacha porque se veía tan poco que podían perderse, aún dentro del poblado.

    Primero, resultó difícil avanzar porque tenían que caminar contra el viento. Alex sintió que las ráfagas más violentas levantaban pequeñas piedras y las estrellaban contra sus tobillos. Sólo veían la arena y las siluetas de otras casas redondas muy cerca de ellos. No veían a nadie, pero sabían que había gente ahí. Cuando llegaron a la esquina tomaron la calle de la derecha, y el viento los empujó hacia adelante. Daniel perdió el equilibrio, y cayó de cara al suelo arenoso. Se dio la vuelta y vio que Vizcacha estaba moviendo la boca riéndose al verlo. Seguramente estaba haciendo un chiste, pero no se podía oír nada por el viento.

    El viento se calmó de pronto, y en cuestión de minutos la nube de arena se disipó. Al fin pudieron ver dónde estaban.

    El cielo se teñía de colores extraños, y justo encima de ellos apareció una estrella muy brillante en el cielo violeta. Las siluetas de las casas redondas se recortaban contra un firmamento de colores.

    La aridez del ambiente se podía sentir en las fosas nasales.

    Viviana pensó que era como visitar otro planeta. Era como los libros de astronomía que le gustaban tanto y que su tía despreciaba (y por eso mismo a Vivi le gustaban más). Era como un planeta árido y frío con una atmósfera diferente, con una composición química en la atmósfera que le daba al cielo colores extraños. Sus pensamientos divagaron entre las fantasías interplanetarias que había soñado muchas veces después de leer sus CDs interactivos de astronomía. Si hubiera podido darse el lujo de vivir una vida normal como sus padres y abuelos de fines del siglo XX, habría estudiado astronomía.

    Era como un planeta árido y hostil habitado por humanoides con una civilización diferente. El viento y la arena eran parte de su ecosistema. Había formas de vida resistentes al frío y al viento luchando por sobrevivir. Y en medio de aquella desolación, un pueblo. Un pueblo de humanoides capaces de habitar aquel mundo diferente. Llanuras inmensas de arena blanca fundiéndose en el horizonte con un cielo extraño. Plantas raquíticas batiéndose en el viento, sobreviviendo y hasta prosperando. Colinas bajas que ocultaban de rato en rato el horizonte y que a veces parecían islas por los espejismos. Vivi pensaba que era como otro mundo. Tal vez como pudo haber sido Marte si lo hubiéramos colonizado y hubiéramos dejado plantas y algunos miles de humanos por unos miles de años.

    Las casas le fascinaban. Parecían iglúes, pero eran de barro. Y todas las puertas estaban dirigidas hacia el lado por el que sale el sol. No había autos, ni electricidad, ni humo, ni nada familiar. Era como un planeta con una civilización diferente. El hecho de que no hubieran máquinas modernas le habría hecho pensar: "una civilización más atrasada"; pero había algo ahí que le inspiraba respeto y le recordaba que la civilización es mucho más que tener máquinas. También implica crecer y madurar como sociedad y como pueblo. Había algo ahí que era sobrecogedor y que le decía que ese era un pueblo de gente diferente, pero sabia y madura.

    Viviana se dejó absorber por la inmensidad y el ambiente fantástico de aquel paisaje extraño y hostil, que no se habría podido capturar en ninguna cámara fotográfica.

    Para Marco, era como la máquina del tiempo. Como un viaje al pasado de América. Realidad. Realmente raíces.

    (No las masas campesinas ni los pueblos nativos domesticados y aculturados en la miseria de las reservaciones, tratando patéticamente de imitar a los "civilizados", y jugando a los sindicatos y a la política. No. Nada de eso. Verdaderamente raíces.)

    Marco tenía los ojos azules y el cabello claro, pero sus facciones tenía rasgos del hombre americano. Del auténtico. Algo en su nariz aguileña y en la forma de sus ojos. Y Marco también sentía raíces en ese pueblo extraño.

    Como volver miles de años en el tiempo, a una época en la que esa gente era libre, y tal vez hasta feliz. Marco pensaba que el mundo que ahora estaba viendo funcionaba de una manera, y el mundo que los Europeos trajeron funcionaba de otra. La combinación sólo había llevado a los pueblos de América (a los verdaderos) al desastre. Como tratar de mezclar agua con aceite. Y eso era trágico, porque ambos pudieron haberse beneficiado de sus mutuas experiencias y de un intercambio justo. Pero el encuentro no fue en las condiciones adecuadas. Ojalá pudiera repetirse la historia y hacer que el encuentro de aquellos dos mundos diferentes fuera más inteligente y más civilizado. Que fuera realmente un encuentro, y no simplemente un asalto (Marco nunca supo que esa era la palabra que usaba el padre de Vizcacha para referirse a la conquista: asalto).

    Alex sentía nostalgia. Había algo en la aridez y la hostilidad de ese lugar que lo deprimía.

    Pensó que esa gente vivía ahí por miles de años sin calefacción, sin autos eléctricos, sin supermercados, sin heladerías para que los chicos fueran a divertirse, ni discotecas donde conocer chicas bonitas, ni música de Generator, ni nada de nada. Pero sintió por ese pueblo el mismo respeto que había sentido por WARA. Casi como si ese pueblo fuera el lugar desde donde fluía ese "algo" que había en WARA y que le impresionaba tanto.

    Daniel caminaba sin apreciar lo que había a su alrededor porque algo le preocupaba. Tenía una especie de sexto sentido inexplicable que había heredado de su padre. Su padre había sabido que no volvería a ver a su esposa cuando se la llevaron al hospital la última vez. También había sabido que cuando llevaba a Daniel a la antigua terminal y el chico se alejaba de él sonriendo, era la última vez que lo veía. Sabía que Daniel moriría en esa guerra por el futuro, igual que ella había muerto a causa de la estupidez humana.

    Y ahora Daniel sabía que algo malo estaba a punto de ocurrirle. No a los otros. Solamente a él.

    Vizcacha les hizo entrar a una de las casas redondas justamente cuando el viento empezaba a rugir de nuevo. Mantuvo la puerta de corteza de cactos abierta para que ellos entraran.


    Alguien los esperaba allá adentro. Estaba sentado en el fondo de la casa, sobre una silla de barro. Parecía un monumento o una estatua de bronce. Su mirada era penetrante y bondadosa.

    Había muerte en aquel lugar. Pero también había resignación. Volver a la tierra de la que habían surgido un día. La hora había llegado y tal vez sería lo mejor. Pero el hombre de bronce sentía tristeza por sus jóvenes.

    (Vizcacha.)

    Empezó a hablar y su voz fluyó grave y lenta al ritmo del viento que silbaba en la puna. Ese hombre era parte de todo aquello. Lo había sido su pueblo por miles de años. Hasta su voz era extraña y diferente. Otro pueblo. Otro rumbo de la humanidad. Otra historia. Otro destino. Lo que pudo ser. Lo que fue. La tierra. Las raíces.

    Viviana: otro mundo.

    Marco: la máquina del tiempo.

    Daniel: fatalidad

    Alex: como si estuviera empezando otra de sus pesadillas, la atmósfera extraña y las luces opacas de las dos velas iluminando al hombre de bronce en medio de un mundo distinto. Muerte. Como una pesadilla.

    Vizcacha:

    -Hola, papá. Ellos vienen de la AV. Ellos nos ayudarán. Son buenas gentes, papá.

    -Acérquense, jóvenes, -dijo el líder de los Chipaya, el padre de Vizcacha, que los había estado esperando. Su voz no parecía humana. Había una melodía y algo espiritual en esa voz. Daba miedo. Miedo a lo desconocido. Pero también había gratitud.

    -¿Es usted don Felipe? -preguntó Viviana acercándose más que los otros.

    -Sí, señorita -dijo él respetuosamente tendiéndole la mano.

    Ella estrechó la mano áspera y tibia.

    Los chicos vieron que tenía puesto un traje extraño hecho con cosas del lugar (lana de oveja, hojas de cacto, piel de animales). Un traje de los que usaban ellos por miles de años. Un traje que les recordaba que había al menos algo que su cultura estaba haciendo bien. Después de todo, habían perdurado por mucho tiempo en condiciones muy desfavorables. Tenía que haber algo en su forma de vida que era bueno. Por eso no se vestían con humillantes imitaciones baratas de ropa occidental como sus vecinos de otros poblados cercanos.

    Pero ahora que la muerte era inminente, todo aquello perdía su sentido.

    La muerte.

    -Gracias por venir, jóvenes, -dijo don Felipe mirando a los chicos uno por uno-. Ustedes son los últimos en vernos tal como somos realmente. Nos honra que sean ustedes los últimos visitantes: Jóvenes valientes con capacidad para comprender lo que ven y apreciar lo que se termina.

    Si no hubiera sido su padre el que hablaba, Vizcacha habría hecho alguna broma acerca de tanto dramatismo. Pero era su padre, y Vizcacha no podía bromear. Menos todavía acerca de su muerte.

    -Ustedes seguirán, -dijo Alex firmemente-. Esa planta que los está envenenando ya no funcionará más.

    Don Felipe lo miró y le dijo respetuosamente:

    -Usted es un joven valiente. Usted es muy inteligente. Yo puedo verlo en su cara y en sus actitudes. Usted tiene las mejores intenciones. Quisiera que mi hijo fuera como usted. A veces a Paulino le faltan esas cosas. Pero usted es demasiado joven y no conoce a la gente. Lo que ustedes están por hacer nos servirá de mucho, pero no impedirá la muerte de nuestro pueblo. Yo le agradezco, joven. Pero mi pueblo ya no tiene salvación.

    Alex miró al suelo sin entender tanto pesimismo. Ellos paralizarían la planta de gas azul y el pueblo se repondría poco a poco. No había por qué ser tan fatalista.

    Don Felipe leyó en la cara de Alex todos sus pensamientos y le dijo:

    -Ellos no se quedarán tranquilos después de que ustedes paralicen la planta, joven. Ellos harán algo. Mi pueblo está perdido.

    -Pero no podemos dejar que sigan echando veneno en el agua que toman ustedes... -dijo Alex pensando que lo que estaba diciendo don Felipe no tenía mucho sentido. Marco le tomó del brazo y le dijo suavemente:

    -Cállate, Alex.

    Alex calló y miró al suelo sin entender bien.

    -Espero que les demos suficiente tiempo, don Felipe, -dijo Viviana alejándose un paso del hombre de bronce.

    -Yo también lo espero, señorita.

    -¿Tiempo? -preguntó Alex levantando de nuevo la mirada. Daniel lo miró con furia y Alex volvió a mirar al suelo en silencio.

    -Sí, joven, -dijo don Felipe comprensivamente- tiempo. Necesitamos tiempo para evacuar a nuestros jóvenes. Ellos irán a diferentes lugares para seguir viviendo. Estamos condenados como pueblo, pero no como individuos. Nuestros jóvenes saldrán de aquí para seguir viviendo. Los adultos nos quedaremos y moriremos.

    Alex esquivó la mirada de Daniel, que lo observaba como si tuviera ganas de darle un puñetazo, y preguntó:

    -¿No podrían reconstruir el poblado en otro lugar?

    Marco le dio un tirón del brazo y le dijo al oído:

    -Para él es muy difícil hablar de esto, Alex.

    Alex tragó saliva avergonzado y balbuceó:

    -Discúlpeme, señor.

    Había una lágrima en el ojo derecho de don Felipe cuando les dijo:

    -Por favor siéntense alrededor de mí, jóvenes. -Luego levantó la mirada hacia su hijo y dijo-: Pon bastante agua a calentar, Paulino. Los jóvenes querrán darse un baño.

    Paulino salió del cuarto en silencio.

    Don Felipe miró a Alex y le dijo:

    -Esta tierra es la esencia de lo que somos, joven. Si nos desplazan a reservaciones terminaremos entre el alcohol y la miseria como otros pueblos. -Pensó un momento en silencio, y se dirigió a Alex de nuevo-: ¿Podemos traer un león africano a este altiplano y pedirle que siga siendo el rey de la selva?

    Alex movió la cabeza (no) mirando al suelo.

    Don Felipe les contó historias de su pueblo. Las paredes rústicas de barro parecían crecer y transportarlos a otra dimensión, otra realidad, otra forma de ver las cosas. El hombre era sabio e inteligente, pero estaba derrotado. Su esencia estaba muriendo, y el futuro ya no encerraba nada para él ni para su pueblo. Habían luchado tanto por prevalecer, habían vencido a los siglos y a los elementos, habían conservado su identidad y hasta habían sido felices en armonía con aquel arenal inhóspito. Habían logrado tanto... para terminar en eso. "Era la historia triste de un pueblo que merecía un final mejor". Eso pensaba Marco. Marco creía saber mejor que nadie que no hay justicia en este mundo.

    Don Felipe les habló de sus orígenes, de la razón por la cual les llamaban Chipayas, de las leyendas de su pueblo, de sus tradiciones, de la cultura que heredaron, de sus antepasados legendarios -gigantes que trabajaban de noche, porque el mundo era todo noche, hasta que salió el sol y los quemó a todos menos a una pareja que se ocultó en aquel cerro sagrado-. Sus padres legendarios. Raíces de las raíces.

    Les hizo probar por algunas horas el sabor y la sensación de vivir ese mundo distinto, esa realidad diferente y alucinante que había sido su pueblo.


    Cuando fue hora de irse a dormir, hizo salir a su hijo y dijo a los cuatro chicos:

    -Por favor cuiden a Paulino. Su hermano ha muerto esta tarde, y él aún no lo sabe. Cuiden a mi hijo porque él es lo único que quedará de mi. Sólo los jóvenes que quedan llevarán algo de lo que fue nuestro pueblo. Por favor cuidenlo, y cuidense ustedes. Gracias por lo que van a hacer, jóvenes.

    Eran testigos del final de una etapa importante en la historia de la humanidad. Nunca lo olvidarían.

    El viento rugía afuera levantando arena en la noche.


    Entrando a la Planta

    Las 7 de la mañana. 3¡ centígrados y humedad ambiente del 70%. 25 km. al sudoeste del pueblo de Santa Ana de Chipaya.

    -Lince, pásame el soplete.

    -Sí, Lobo. -El soplete parecía una pistola negra. Era más largo y más pesado que una J 99. Estaba conectado por un cable a la batería del transporte. Lobo había conectado los sucios bornes a una de las grandes baterías, y había activado los receptores solares para que no se descargara mucha electricidad. Tenía las manos untadas de grasa y la cara manchada de aceite. Lince le observaba en silencio porque él no conocía el funcionamiento del equipo. Alex sólo le seguía como un perrito faldero, y miraba de cerca lo que Marco hacía. Ambos se acercaron a la inmensa tubería metálica que se encontraba elevada en ciertos lugares y enterrada en otros. Tendría como unos tres metros de diámetro y se perdía en el horizonte haciendo una larga curva para rodear una duna gigante que se encontraba a un par de kilómetros. Lobo presionó el gatillo del soplete y esperó unos segundos. La luz azul que indicaba el calor cambió a roja, y el aparato zumbó entre sus manos.

    -Lince, ponme el casco por favor. Tengo ambas manos ocupadas. Lince, protégete los ojos. Mira para otro lado.

    Alex lo hizo en silencio.

    -Apúrense. Ya va a empezar el viento. -Viviana estaba estudiando los mapas junto al transporte. Miró el interminable tubo con preocupación. Era una serpiente plateada que se perdía a ambos lados del horizonte.

    -Sí, Delfín, -dijo Lobo.

    -Sí, Delfín, -dijo Lince.

    Lobo tocó el metal con la punta del soplete, y un sonido grave y hueco llenó sus oídos. El cañón del soplete se llenó de una potente luz azul, y el haz se concentró desde cuatro puntos en el metal frío de la tubería. El metal se calentó en segundos al rojo vivo. Chispas saltaron en todas direcciones, como un show de fuegos artificiales. Lince miró un instante y volvió a cerrar los ojos con la postimagen de la potente luz llenando su retina. Había alcanzado a ver la silueta de Marco recortada contra un sol de resplandor blanco.

    El zumbido se hizo más agudo y el metal pasó del rojo al azul.

    (El profesor de física le había dicho a Marco: "El azul es más caliente que el rojo. Las moléculas están vibrando aún más rápido".)

    Tigre se acercó a Delfín. Se inclinó para mirar también los planos de la planta y dijo:

    -Ya deberíamos entrar, Vivi. Van a prender los generadores en cuanto oscurezca.

    Ella dobló los planos. Estaba sentada en el suelo en posición de loto junto a una montaña de planos y mapas. Levantó la mirada. Sus ojos se cruzaron con los de Tigre y le dijo:

    -Tú no irás, Tigre. Te quedarás en el transporte.

    Hubo sorpresa en la expresión de Tigre.

    -¿Por qué?

    -Porque lo digo yo, y estoy a cargo de la manada. Llevarás el transporte a un kilómetro de aquí, junto a aquella duna grande, y nos esperarás ahí. No quiero que nuestro carro esté junto a la tubería.

    -Pero, Delfín... Necesitas a dos que sepan manejar bien los detonadores de nitrato. Lobo y yo podemos...

    -¿Estás cuestionando mis órdenes, Tigre?

    -No, Delfín.

    -Bien. Te quedarás en el transporte. Si tienes que salir del carro por cualquier causa, lo harás sin equipo. Tienes que parecer un chico perdido en caso de que alguien te detecte.

    -Sí, Delfín.

    Tigre se alejó furioso mirando al suelo. Primero, meten al Ríos en la manada. Desde que él entra, Viviana está en Ôplan de lucirse'. Lobo tiene un estúpido complejo de inferioridad, o algo así, y trata de impresionar al imbécil ese todo el tiempo. Es como si Lobo prefiriera ser amigo del Ríos en vez de ser amigo de él. El Ríos le quita primero la manada, después le quita a su mejor amigo, y ahora le está quitando su puesto. Ahora Tigre se tiene que quedar como campana, y el imbécil va en su lugar para hacer lo que realmente vale en la misión. Nada que hacerle. En cuanto la planta esté paralizada, y estén de vuelta, Daniel le va a romper la cara al tarado ese. Y si le hacen algún problema, la AV tendrá que seguir sin Tigre. "Pero por lo menos, el Ríos tendrá para entonces la nariz torcida, y sus ojazos de niño bonito estarán en tinta. Y con un poco de buena puntería, su sonrisita de hipócrita la tendrá que dibujar sin algunos dientes".

    Un fuerte sonido metálico lo hizo volver al presente. Miró hacia donde Lobo y Lince se encontraban. La luz azul estaba apagándose. Lobo se sacó el casco, y todavía con el soplete empuñado como si fuera una metralleta, dijo dirigiéndose a Viviana:

    -¡Orden cumplida, Delfín! Podemos ir cuando lo ordenes.

    Lince también miró para atrás hacia Viviana. Ella era Delfín ahora, y no le devolvió la mirada. Estaba a cargo de la manada, y las cosas tenían que hacerse bien. Ahí no existía Alex, el chico de Viviana. Sólo existía Lince, el Protector que obedecía órdenes de Delfín.

    Pero faltaba alguien. Delfín gritó:

    -¡¡¡Vizcacha, ven!!! ¡¡¡Ya nos vamos!!! ¿Dónde te has metido, Vizcacha?

    Vizcacha había estado echado sobre el techo del transporte, mirando el cielo y pensando en cosas (soñando despierto). Se puso de pie sobre el techo, miró al frente y dijo:

    -Vizcacha está a la orden, Delfín.

    -Pónganse sus trajes de incursión y verifiquen el equipo. Salimos en cinco minutos. ¡Tigre!

    -Tigre está a la orden, Delfín.

    -¿Están claras tus instrucciones?

    -Sí, Delfín.

    -¡Lince!

    -Lince está a la orden, Delfín.

    -¿Crees que estás listo para esto?

    -Sí, Delfín.

    -¡Lobo!

    -Lobo está a la orden, Delfín.

    -Tú eres responsable de que podamos volver. Las marcas de señales las llevarás tú.

    -Sí, Delfín.

    Los trajes de incursión no eran tan blindados como los de combate, pero los hacían casi invisibles a los detectores de seguridad y los protegían del gas. Los cascos también eran diferentes a los cascos de combate. En los cascos de incursión, la mayor parte del CPU estaba especializado en posición y análisis de estructuras. Tenía una base de datos impresionante en la que se alimentaba toda la información disponible acerca de la instalación que había que destruir o paralizar.

    Inspeccionaron su equipo cuidadosamente. Alex llevó dos de las cargas de mercurio en una mochila negra, y Viviana llevó las otras dos. Marco cargó el pesado equipo de rastreo, radares y comunicaciones en su espalda. Una antena salía del bulto cuadrado de plástico. Cerraron sus guantes con el velcro, y parecieron por un momento cuatro astronautas con trajes negros. Hicieron el chequeo de rutina a los aparatos de radio. Sus voces se oyeron dentro de los auriculares de sus cascos, distorsionadas y nasales.

    -Delfín probando comunicador.

    -Vizcacha probando comunicador.

    -Lince probando comunicador.

    -Lobo confirmando. La recepción es positiva. Lobo solicita comprendido a Gaviota.

    La voz lejana y entrecortada llegó desde una base AV que se encontraba en las afueras de Oruro.

    "Recepción buena. Gaviota ordena a la manada proceder".

    -Delfín ha recibido. Adelante, PROTECTORES. POR EL MUNDO.

    -SALVAREMOS AL MUNDO, -respondieron tres voces en los comunicadores, y los cuatro entraron al tubo rápidamente, escurriéndose por el pequeño agujero.

    Alex tuvo que activar los visores de temperatura porque la oscuridad se hizo total en cuanto Tigre cerró desde afuera el tubo. Daniel volvió a colocar la pieza metálica en su lugar y colocó remaches provisionales. El corazón de Alex latía rápidamente. Tenía la garganta seca. Sintió el miedo en los genitales mientras daba algunos pasos vacilantes, mirando hacia las paredes redondas del tubo que se veían amarillentas en los detectores de temperatura.

    Pisó algo líquido y espeso como petróleo. Miró para abajo. Había un líquido verde en el fondo de la tubería corriendo como un pequeño riachuelo hacia adelante, en la dirección que ellos debían tomar.

    -¿Qué es lo que mandan por esta tubería, Delfín?

    -Es sólo agua con anticongelante, Lince. Es para refrigerar los reactores de la planta. Cuando la planta funciona, necesita mucha agua para enfriarse, así que la captan a través de esta tubería desde una laguna.

    -¿Qué clase de reactores?

    -Reactores nucleares.

    -¿No nos podemos contaminar con radiactividad?

    -No. Este es un canal secundario que no entra en contacto con el canal primario, -dijo Delfín.

    Alex quedó en silencio sin entender.

    La voz de Lobo se escuchó por los comunicadores:

    -Se enfría un reactor con dos corrientes de agua que nunca entran en contacto entre sí, Alex. Hay una corriente cerrada que jamás sale de su tubería y que gira en círculos pasando por el reactor. Esa es peligrosa. A esa se la llama "primaria". La que entra por este tubo desde la laguna, enfría a la primaria a través de una plancha metálica para que esa enfríe al reactor, pero nunca entra en contacto ni con el agua del canal primario, ni con el reactor. No hay peligro, Alex.

    Alex no estaba muy convencido.

    -¿Y cuándo pasa el agua por esta tubería?

    -Más tarde. Cuando cae la noche prenden los reactores para iluminar la zona sin utilizar sus generadores. Tenemos que salir de aquí antes de las seis, Lince. Si sueltan el agua mientras estemos en el sistema de tubos, nos ahogaremos.

    -¿Nunca prenden los reactores antes de las seis? -preguntó Alex mirando atentamente las paredes.

    -Sí, pero es muy rara vez. Oímos el zumbido de las turbinas desde el poblado -dijo Vizcacha.

    -¿No había otra forma de hacer ésto, Delfín? -preguntó Alex.

    -Sí, pero ésta es la mejor forma, -dijo Viviana con cierto orgullo-. Es mi plan, Alex.

    -Viviana es un genio para planear estas misiones, Alex -dijo Lobo por el comunicador.

    -No soy genio, -dijo Viviana-. Esto era obvio. Alex, esta planta produce armamento para la Corporación. Entrar en ella es muy difícil. Sus sistemas de seguridad son increíbles. Tienen toda clase de detectores en las paredes, en el piso, y hasta en el aire. Pero no están esperando que alguien entre por este tubo, y llegue directamente junto al reactor, donde vamos a dejar la carga de mercurio 3. Si todo sale bien, dejaremos los explosivos sin exponernos. Tardarán meses en darse cuenta de lo que pasó.

    -Oye, Vivi... Y si dejan una reja en el tubo, o algo así como precaución ¿cómo vamos a entrar?

    -Hay una reja de aluminio que usan para impedir que entre basura de la laguna al sistema de tubería del reactor, -dijo Delfín-. La haremos volar con minidums.

    -¿Cómo sabes eso, Vivi? -preguntó Alex mirándola incrédulo.

    -Tengo los planos de la planta, Alex. No te preocupes. He cargado los planos en el CPU de tu casco. Puedes activarlo con órdenes verbales si quieres, pero no necesitas realmente hacerlo porque será fácil para ti llegar al punto crítico desde nuestra ruta. De todas maneras, el archivo se llama "plano planta azul". Tienes acceso al archivo si lo necesitas para algo. Pero no te compliques. No va a ser necesario que uses el plano.

    Los cuatro trotaban tratando de no pisar el líquido verde del fondo de la tubería. Alex se sentía extraño, como si todo eso fuera un sueño. El tubo tétrico parecía un conducto digestivo interminable. Nadie sabía que ellos estaban ahí, y nadie podría rescatarlos en caso de que algo saliera mal.

    Alex dijo en voz baja dentro de su casco:

    "Acceso al CPU".

    Una pantalla azul translúcida apareció frente a sus ojos con un "escritorio" informático en el que se veía un servidor, un icono de disco rígido, y una barra de menús.

    "Abrir rígido", dijo Alex, y una lista de archivos empezó a pasar rápidamente frente a sus ojos. Eso no le llevaba a nada. Decidió cambiar de método. Dijo "stop", y la lista se detuvo. Había unas cuarenta líneas de texto en SUPERASCCI VII que no tenían sentido para él. Alex dijo: "cerrar rígido", y todo volvió a su lugar en la pantalla. Ese sistema era muy diferente del que usaba en su computadora escolar. Alex dijo: "Abrir servidor". Luego de un segundo, hubo un zumbido de alerta de error, y un mensaje apareció en medio de la pantalla translúcida diciendo:

    "Servidor inactivo, compruebe habilitación del programa que lo conecta con la central".

    Alex dijo: "cerrar servidor", y volvió a aparecer el escritorio en la pantalla. Alex dijo: "cerrar CPU", y la pantalla translúcida desapareció. No sabía cómo lograr acceso al plano de la planta. Tampoco era el momento de tomar clases de computación. Esperó que Vivi tuviera razón, y no necesitara esa información para esta misión.

    Notaron que el tubo se doblaba ligeramente hacia la izquierda. Estaban ya junto a la duna grande. Siguieron trotando en silencio. Alex miró a Marco que estaba justo detrás de él y que cargaba el mayor peso en su mochila cuadrada y le dijo:

    -¿Necesitas ayuda, Marco?

    -No, Alex. Gracias. Estoy bien. -Marco estaba jadeante y sonriente dentro de su casco.

    -¡¡¡Han abierto el paso del AGUA!!! -gritó Vizcacha de pronto. Alex y Marco dieron un salto mirando en todas direcciones, chocaron y cayeron sobre el líquido verde. Vizcacha los miraba y reía a carcajadas. Ellos también se rieron. Hasta Delfín se rió viéndolos en el suelo, manchados de verde, Marco, encima de la espalda de Alex, se volvió a parar con dificultad, resbalando en el agua.

    -No vuelvas a hacer esas bromas, Vizcacha. Puedes entorpecer la misión. -Delfín habló suavemente.

    -Sí, Delfín. Vizcacha pide disculpas.

    Siguieron su camino al trote. El túnel parecía interminable. Una vibración larga y sorda resonaba dentro del tubo, y se hacia más fuerte a medida que avanzaban.

    -¿Qué es eso? -preguntó Alex preocupado.

    -No te preocupes, Alex. Es el sonido del generador de petróleo. No hay peligro. Lo que pasa es que la tubería transmite el sonido como las rieles que transmiten el paso de un tren. -Lobo lo dijo desde atrás.

    Alex comprendía demasiado tarde que estaba mal preparado para eso. Los otros parecían saberlo todo, y él no podía ni abrir el archivo de los planos de la planta en el CPU. Debería haber pedido que Tigre viniera en su lugar. Debería haberse preparado mejor. Debería haber estudiado los planos antes... Debería haberse quedado como "campana" y dejado que Tigre hiciera lo que tenía que hacer. Alex sentía que había cometido un gran error al venir. Si hubiera podido volverse atrás lo habría hecho.

    Empezaron a ver ratas por todas partes, tapizando el tubo por dentro. Se movían nerviosamente, y se escabullían en pánico cuando los cuatro PROTECTORES ponían sus pisadas entre ellas.

    -No son realmente ratas, Alex -dijo Delfín-. Son otros roedores que cavan madrigueras junto a los ríos. Les gusta la oscuridad. Seguramente por eso se vienen a los tubos. Yo creo que ellos sentirán si hay algún peligro y nos pondrán sobre aviso. Si todavía están por aquí al regreso, cazaremos algunas. En el pueblo de Vizcacha las comen. Podemos probarlas también.

    -¿Cómo sabes tantas cosas, Vivi? -preguntó Alex.

    -Me preparo para las misiones, Alex. Estas incursiones de sabotaje no son ningún juego. Yo creí que tú te habías preparado también. Sabías que vendríamos a este lugar y tenías documentos en el transporte. ¿Acaso no has leído nada de lo que nos han preparado los de inteligencia?

    Hubo silencio total en el micrófono de Alex.

    Viviana le dijo con una voz fría como el hielo:

    -Tienes que tomar en serio las misiones, Alex. Las vidas de todos los de la manada dependen de eso.

    -Sí, Delfín. -Su voz era un balbuceo.

    (Tigre debió venir en su lugar. Alex debió quedarse de campana. Eso hubiera sido lo mejor para todos.)


    Llegaron a la reja oxidada. Tenía lama colgando de las delgadas rejillas negras. Lama que todavía estaba mojada. El agua entraba por la tubería cada día, y si ellos estaban aún ahí cuando entrara la siguiente vez al caer la noche, se ahogarían. Viviana no estaba preocupada. Ellos estarían fuera mucho antes de que cayera la noche. Miró el cronómetro en la parte inferior del casco, y vio los números como en un letrero de neón en miniatura:

    11:23:78

    Los últimos números aparecieron sólo por una fracción de segundo porque indicaban las centésimas. Había tiempo de sobra.

    -Lince y Vizcacha, saquen esa reja.

    -Sí, Delfín -dijeron ellos al unísono. Sus voces sonaban nerviosas en los audífonos de los cascos de Viviana y Marco.

    Alex sacó dos minidums del bolsillo de su rodilla y le pasó una a Paulino.

    -Toma, Vizcacha. Usala en el picaporte de la derecha.

    -Sí, Lince.

    Pusieron las pequeñas balas que parecían arvejas negras junto a los dos picaportes que aseguraban la reja al suelo de cemento construido dentro del tubo. Luego se alejaron unos pasos. Lince empuñó un control remoto parecido al de un televisor HD, y apuntó la luz infrarroja hacia las minidums. Apretó un botón rojo.

    Dos pequeñas explosiones iluminaron de blanco el tubo por una fracción de segundo. El ruido entró hasta sus cascos, sordo y breve, como un petardo chino en una festividad de pueblo. Lince se acercó, empujó la reja, y ésta se abrió con un chirrido.

    -Ya está, Delfín.

    Los cuatro pasaron. Al otro lado, el tubo se hacía más amplio y empezaba a subir. Era tétrico. Debían estar, según sus cálculos, dentro del perímetro de seguridad de la planta de gas azul.

    El cerebro de Delfín empezaba a funcionar como un coprocesador matemático. Empezaba el ajedrez electrizante y mortal que le daba esa lucidez mental que sólo sentía en las misiones: ese "otro estado de consciencia", que la hacía funcionar al filo de su capacidad.

    Nuevamente estaban ejecutando un plan suyo. Su mente ya hacía cálculos sin parar. Su control sobre la situación era perfecto. Su mirada tenía que tranquilizar a los otros porque siempre tenían miedo al empezar las misiones (hasta que también entraban en esa especie de "trance" que ella sentía, y funcionaban como máquinas de guerra).

    Lince podía tener dificultades porque esta era su primera vez. Vizcacha también tenía que ser vigilado de cerca porque su entrenamiento era para servir de guía y no para ese tipo de sabotaje. Era superespecialista en una rama paralela pero diferente entre los PROTECTORES.

    De acuerdo al perfil psicológico de Lince, era obvio que no funcionaría bien hasta que adquiriera confianza, y sobre todo, hasta que adquiriera más responsabilidad. Según sus características de personalidad, era seguro que no terminaba de hacer la transición entre considerar a la AV un juego, y considerarla lo que realmente era: Una campaña de guerra de baja intensidad con muerte, desastre y miedo verdaderos. Lince era el que debía ser vigilado más de cerca.

    -Lince, quiero que me digas lo que estás haciendo cada cinco minutos. No pierdas el contacto porque entorpecerás la misión.

    -Sí, Delfín.

    -Vizcacha, si cualquier cosa anormal ocurre, quiero que me lo comuniques de inmediato.

    -Sí, Delfín.

    -Lobo, ¿ya has entrado en humor para esto?

    -Sí, Delfín.

    Lobo sonreía dentro de su casco. Lobo. La adrenalina excitando todo su cuerpo, la sensación de flotar sobre el suelo, el gigante, el Protector Lobo, el superhombre, la parte de él que amaba mientras odiaba todo lo demás: Lobo, el guerrero Protector.

    Viviana no sabía que Lobo estaba más nervioso que de costumbre. A veces no vemos lo obvio en los perfiles psicológicos cuando no esperamos verlo. La presencia de Lince estaba afectando a Lobo.

    Apareció una gran ramificación en el tubo a unos diez metros de donde estaban. El tubo se dividió en siete pasillos que tomaban direcciones diferentes.

    -Lobo, ya conoces tu ruta.

    -Sí, Delfín -dijo Lobo y se perdió corriendo en la oscuridad por el tercer tubo de la derecha.

    -Vizcacha, ¿reconoces tu ruta?

    -Sí, Delfín -dijo Paulino en tono bromista empezando a correr por el tubo por el que habían llegado. Alex se rió al verlo. Vizcacha dio media vuelta, cambió el tono de su voz y se perdió por el quinto tubo mientras decía de nuevo:

    -Sí, Delfín.

    -Lince, tú irás por el sexto tubo. No hay bifurcaciones en ese. ¿Sabes lo que vas a hacer?

    -Sí, Delfín.

    -No pongas las cargas si las paredes están calientes. Chequea tu temperatura con frecuencia. ¿Sabes cuál es el tubo que vas a recorrer?

    -Es el de refrigeración secundaria del reactor, Delfín.

    -¿Y por qué no debes poner las cargas donde se encuentre muy caliente?

    -Porque ese es el lugar en el cual hace contacto con el tubo de refrigeración primario que lleva agua radiactiva, y una explosión podría causar un escape de radiactividad, Delfín.

    Ella movió la cabeza afirmativamente más tranquila. El no estaba desorientado del todo. No era tonto y se daba cuenta rápidamente de las cosas. Eso era muy bueno. Ella decidió probar hasta dónde llegaba su capacidad de procesar información bajo presión, y le hizo una última pregunta:

    -¿Por qué crees tú que el tubo que vas a recorrer no tendrá bifurcaciones, Lince?

    -Para ahorrar frío, para que el agua cambie rápido, para que nunca entre en contacto con la corriente primaria, porque aquí es donde el agua tiene que dirigirse y sólo hay un reactor...

    -Sí, Alex -dijo ella sonriendo dentro de su casco.

    -... y yo creo que tú me has mandado allá porque todos los otros tendrán que forzar compuertas menos yo, porque soy el más nuevo...

    -Sí.

    -... y creo que cuando esté llegando, el tubo se hará más ancho y plano, aún si no aumenta mucho la temperatura.

    -¿Cómo sabes eso, Alex?

    -Esto es un mecanismo refrigerante como un radiador de auto a gasolina. Los radiadores tienen esa forma.

    Ella sonrió y le dijo:

    -Andate, Alex. Buena suerte.

    -Buena suerte, Vivi -dijo él y empezó a correr por el sexto tubo.


    En los Tubos bajo la Planta

    Vizcacha tenía buen sentido de orientación. Encontró curvas y bifurcaciones en el tubo. Tenía que haber en algún lugar una compuerta que sirviera de ingreso a la gente que limpiaba los conductos. Probablemente aquella puerta estaba en el techo, y era posible que hubiera alguna escalera para entrar. El tubo tenía que ser totalmente destruido en aquel sector para evitar que los persiguieran después del sabotaje. La misión de Vizcacha era asegurarse de que no pudieran seguirlos cuando huyeran.

    Corrió dejando marcas electrónicas en las bifurcaciones. Eran pequeños instrumentos que se camuflaban perfectamente entre las paredes oscuras y que sólo funcionaban a control remoto. Así no revelarían la ruta de escape.

    Por un momento, empezó a soñar despierto.

    Estaba oscuro. El laberinto era inmenso y oscuro. Apagó el detector de temperatura por un segundo para sentir la oscuridad. Los túneles eran negros como las entrañas de un animal gigantesco que se lo había tragado.

    La oscuridad y el miedo bloqueaban las ideas en su mente. Pensó que era como el futuro de su gente. Como su vida desde que construyeron la planta de gas azul: oscura e incierta, como un laberinto peligroso en el que resultaba fácil -y mortal- perderse.

    Y todo lo que podía hacer era dejar destrucción para cubrir la retirada.

    Las escaleras metálicas sucias y oxidadas aparecieron junto a él, casi como si también tuvieran la capacidad de moverse y lo hubieran estado buscando. Ahí estaban. Ahora debía poner los explosivos de tal forma que no quedara nada en aquella sección del túnel. Ninguna ruta por la cual pudieran seguirlos si se daban cuenta de que los saboteadores estaban usando los tubos de refrigeración.

    Vizcacha se arrodilló en el suelo junto a la escalera metálica, y se sacó la mochila negra. Hubo un zumbido muy fuerte muy cerca del lugar en el que se encontraba, y levantó la cabeza sobresaltado. Después nada. Tenía que ser el sonido de las turbinas. El escuchaba aquel sonido cada noche, pero desde una distancia de 30 ó 35 kilómetros. Nunca lo había escuchado de tan cerca. Le pareció que sonaba como el gemido de un animal gigante,

    (como los gigantes que sólo trabajaban de noche, porque el mundo era todo noche -como esta cueva de mamut desolada y terrorífica-)

    y Vizcacha se puso manos a la obra sin perder más tiempo.


    Lobo llegó corriendo

    (flotando, adrenalina, superhombre)

    hasta las gigantescas bombas de agua que succionaban millones de metros cúbicos por minuto, y luego los vomitaban de vuelta hacia la laguna, siete kilómetros más al sur.

    Si las bombas de agua no funcionaban, no habría refrigeración, y la planta quedaría paralizada al menos por dos semanas. No sería fácil reparar aquellas turbinas gigantes. Lobo las miró en la luz verde de sus detectores de movimiento, y quedó inmóvil entre dos aspas que tenían el tamaño de un edificio de tres pisos.

    Pensó estremeciéndose que si de pronto aquellas aspas empezaban a girar, Lobo sería tragado y destrozado como un mosquito que se queda a la entrada de aire de la turbina de un avión. Sería una muerte segura y dramática.

    Una muerte segura y dramática.

    ("¿Por qué no? ¿Qué puede hacer un Kewa en la vida? ¿No era eso lo que quiso hacer cuando descubrió lo que era? ¿No es eso lo que quisiera hacer cada vez que ve a Alex y a Viviana tomándose de la mano? ¿No era solamente su falta de valor lo que se lo impedía? ¿Es que realmente creía que podía escapar de la fatalidad?")

    Examinó la estructura. El eje parecía el punto débil, especialmente en el lugar en el que se conectaba con las aspas. Parecía hueco, probablemente para que pudieran inyectarle lubricante. Un eje hueco sería no solamente frágil, sino también muy difícil de reparar.

    La conexión entre el eje y la aspa mayor se encontraba encima de él, a unos 15 metros. De un salto, se prendió de las aspas con sus guantes prensiles. Luego subió por el metal como si fuera un insecto, hasta llegar a la unión. Se prendió con ambos pies y la mano izquierda dejando su mano derecha libre. Sacó una caja cuadrada brillante como un espejo del bolsillo grande de la mochila en la que se encontraba el pesado equipo de comunicaciones.

    La caja quedó adherida al hierro como un imán. Increíble que una caja del tamaño de un paquete de cigarrillos pudiera causar una explosión tan grande. Lobo sabía que la explosión se sentiría como un terremoto por kilómetros.

    Pensó que si las aspas funcionaban o si la explosión se adelantaba, llegaría para él una muerte rápida. Y tal vez eso sería lo mejor.

    Se preguntó qué estaría haciendo Alex en ese momento. Pobre Alex. Era su primera misión y debía estar asustado. Marco hubiera querido ir a darle una mano pero no podía. El tenía que cuidar el equipo de comunicaciones, y no podía correr ningún riesgo innecesario hasta que la manada estuviera de vuelta en el transporte. Bajó como un insecto y dio un salto cuando estuvo cerca del suelo. La idea de estar muerto le obsesionaba. Se sentó con la cabeza en el camino de las aspas, hundió la cara entre las manos, y esperó en silencio.

    (¿Qué estarás haciendo, Alex?)


    La voz de Alex se oyó en los audífonos del casco de Delfín.

    -Algo está mal, Delfín. Acabo de pasar una bifurcación.

    -¿Estás seguro?

    -Sí. Era una bifurcación en "Y" y el tubo se perdía por ambos lados.

    Hubo un momento de silencio.

    El cerebro de ella procesaba rápidamente las posibilidades y opciones. No podía ser que hubiera mandado a Lince por un camino equivocado. Los planos eran claros. Pero era eso, o los planos eran inexactos. En tal caso, tenía que advertir a los otros de inmediato.

    -Escucha, Lince -dijo ella-: Quiero que encuentres tu ubicación en el plano que está en la computadora de tu casco y determines si tiene errores.

    Lince dijo nerviosamente:

    -No puedo, Vivi. No sé manejar este CPU.

    Ella calló. Tenía que pensar en algo. Alex estaba en dificultades. Si estaba encontrando bifurcaciones, no estaba donde debía estar. Podía perderse, y eso sería un gran problema. Tenía que tratar de guiarlo para que encontrara su posición en el mapa.

    -Alex, abre tu CPU.

    -Sí, Delfín. Abrir CPU.

    Un "escritorio informático" apareció dentro del casco de Alex.

    -Alex, ahora abre el servidor.

    -Abrir servidor.

    Pero vio el mismo mensaje que había aparecido rato antes, cuando trató de hacer funcionar la computadora de su traje:

    "Servidor inactivo. Por favor compruebe si el programa que lo conecta con la central se encuentra activo".

    -Vivi, aquí dice que un programa que me comunica con la central no está funcionando.

    -Conéctalo, Lince. Se llama "MultiAcceso 101".

    -Activar "MultiAcceso 101", -dijo Lince.

    Pero otro mensaje apareció en una ventana del escritorio:

    "Su versión de MultiAcceso 101 se encuentra dañada. Necesita ser reemplazada desde el master."

    -El programa está dañado, Vivi.

    Ella palideció dentro de su casco. Alex podía perderse fácilmente y no tenía acceso a la ayuda de la computadora.

    -Lince, tu parte de la misión está abortada. Vuelve de inmediato. No te pierdas.

    -Sí, Delfín. Lince volviendo.


    Tigre estaba aburrido en el transporte. Se arrepintió de no haber llevado más música. No podía prender la radio porque los soldados de la planta podían detectar el receptor e ir a investigar.

    Estaba inquieto y tenía que salir de ahí. Le desesperaba quedarse como campana mientras la acción se desarrollaba. El debía estar dentro de la planta haciendo lo que sabía hacer. Pero no, el Ríos estaba ahí adentro, ocupando su lugar en la manada... y seguramente estaba entorpeciendo las cosas. Mientras más pensaba en eso, más se desesperaba y se enfurecía. Ya no podía más, tenía que salir de ahí.

    Las reglas eran las reglas. No podía abandonar el transporte llevando equipo de la AV de ningún tipo. Si alguien lo detectaba, tenía que parecer un chico que se había perdido. Se sacó el traje de incursiones, el comunicador del reloj, las botas prensiles, los auriculares y la pulsera que indicaba su posición en caso de emergencia. Se puso su buzo amarillo. Entreabrió la puerta del transporte, y un viento frío lo hizo tiritar. Cuando había viento se sentía frío. El clima del altiplano siempre era así. "Al sol uno se quema, a la sombra se hiela, y cuando hace viento hace frío... a cualquier hora".

    Daniel volvió a cerrar la puerta y se puso una casaca térmica roja de Marco. Sabía que a Marco no le importaría. Era su mejor amigo, y a veces compartían la ropa. Eso era algo en lo que ni pensaban. Los que se ponían furiosos eran los padres de Marco cuando su hijo volvía de la casa de Daniel con una casaca de su amigo, o le prestaba uno de sus buzos o una de sus camisetas. Los padres de Marco nunca tenían una explicación convincente de por qué eso les parecía tan malo. Simplemente les molestaba.

    Empezó a pensar en Marco. Algunas veces Daniel se metía en problemas por defenderlo. Era su mejor amigo. Su padre (Pepe) también era su mejor amigo, pero era otro tipo de mejor amigo. Daniel pensaba en eso cuando salió del transporte y empezó a caminar por la arena entre las plantas de thola.

    El aire puro y fresco de la puna le hizo sentir mejor. No entendía por qué Marco se ponía tan extraño desde que el Ríos estaba con ellos en la manada. A veces parecía un Romeo tratando de impresionar a una chica. Era algo estúpido. Pero Daniel se sentía a gusto con Marco. Claro que peleaban a veces, y Daniel también tenía otros amigos. De vez en cuando, Marco le parecía demasiado posesivo, y eso era enervante. Marco era un chico con problemas, pero en el fondo era muy buena gente. No merecía que los imbéciles del curso le dieran tan malos ratos. Su mejor amigo tenía problemas. Pero a Daniel nunca se le habría pasado por la cabeza, que Marco también tenía otros problemas.

    Claro que también había ciertas cosas acerca de Daniel que Marco no sabía. Después de todo no eran "confidentes" ni nada de eso. Daniel pensaba que eso estaba bien para las mujeres. Daniel hacía algunas cosas que Marco no aprobaría, porque era más "conservador" a causa de sus padres.

    En cambio, Daniel era más "liberado". Eso era lo que pensaba. Por ejemplo, Marco no sabía las cosas que Daniel fumaba algunas veces cuando estaba sólo en su casa. Incluso Pepe creía que Daniel ya no fumaba esas cosas. Daniel pensaba que nadie es perfecto, y que tenía esa debilidad bajo control. Daniel sabía bastante bien lo que fumaba y sabía hasta dónde llegaban los riesgos realmente. No era un total ignorante como el 99% de los chicos que consumen esas cosas.

    Ya se había alejado como cien metros del transporte y estaba haciendo un gran círculo instintivamente (si caminaba en línea recta y lo detectaban, ubicarían su transporte en un dos por tres). Además, caminaba entre las plantas y las piedras para no dejar huellas. Había dejado el transporte con el camuflaje activado, así que era muy difícil verlo hasta prácticamente chocarse con él.

    El viento silbó en sus oídos y movió las plantas raquíticas en el interminable páramo árido. A lo lejos, vio la laguna desde la cual el tubo succionaba el agua. Una nube de flamencos rosados se elevó hacia el sol. El cielo era violeta por la altura.

    El estaba acostumbrado a la altura porque siempre había vivido en La Paz. El paisaje era bello. Daniel olvidó sus problemas y sonrió mirando hacia el espejo lejano con las manos en los bolsillos.

    El mundo. La vida. "Yo tendré un hijo y se llamará como tú, papá". El futuro. No tener que temblar en aquel momento, corriendo aterrorizado entre los tubos subterráneos de la planta de gas azul, dejó de parecerle un castigo. Le pareció más bien un privilegio. Que por una vez sea otra la persona que arriesgue la vida en aquel castigo que él no merecía. Que lo haga el "niño bonito", y si Alex "salía cazado", a Daniel no le importaría mucho.

    Realmente, ese tipo le caía mal.

    -Alto, no se mueva. ¡No se mueva!

    La voz autoritaria sonó detrás de él y Daniel se detuvo sin poder ordenar bien sus ideas. Desastre. El riesgo inminente de salir cazado. Para un Protector, ser capturado equivale a estar muerto.

    -No se mueva. Ponga las manos a la nuca y vuélvase lentamente.

    Eran soldados.

    Eran soldados. Sintió ese frío terrorífico recorriendo su pecho por dentro ("de arriba hacia abajo") que había sentido ocho años atrás al saber que ella estaba muriendo. Lo había sentido por ella. Ahora, sentía su propia muerte. Lo había presentido. Había sabido al llegar al pueblo que algo malo estaba por pasarle.

    Ser capturado equivale a estar muerto. Tenía que discurrir algo. Gaviota. La misión, los otros, el transporte, los soldados...

    Tenía que intentar algo. Daniel hizo un gran esfuerzo para que su miedo pareciera simplemente sorpresa, se dio la vuelta y dijo:

    -Señor, por favor ayúdeme. Estaba viajando con mi papá y él se ha perdido. Yo también me he perdido. Por favor ayúdeme. No sé dónde estoy.

    Tres soldados con trajes azules de la Corporación le apuntaban con sus metralletas H 15. Tigre reconoció los modelos y la fabricación. Esa versión tenía al menos dos años en servicio. Reconoció las marcas en sus uniformes y vio que eran de grados subalternos. Eran guardias que probablemente hacían recorridos periódicos por el perímetro de la planta. Abrigó la esperanza de que se tragaran su historia y lo dejaran.

    Uno de los guardias, el de menor rango, se relajó un poco cuando Daniel se dio la vuelta y se pudo ver que no era más que un chico. Los otros no sacaron los dedos de sus gatillos y uno de ellos repitió en voz de muerte:

    -Ponga las manos en la nuca y póngase de rodillas. Tengo autorización para disparar porque usted está junto a una zona militar.

    -Perdone, señor. Yo estaba perdido. Por favor ayúdeme.

    Oyó un "click" de las metralletas a punto de disparar, y se puso de rodillas. Llevó las dos manos a la nuca temblando.

    "Ser capturado equivale a estar muerto. Por favor que me revisen ahora, que no me encuentren nada y que me dejen ir con instrucciones para volver al camino, y encontrarme con mi papá o algo así, por favor que no me lleven a su base porque me van a identificar, por favor que se traguen mi historia, por favor que no me cacen, no quiero que me torturen, no quiero que me maten. Los otros no van a poder encontrarme nunca y van a tener que abandonarme. Los cuerpos de los PROTECTORES capturados aparecen descuartizados en ríos y zanjas. ELLOS tienen los medios para sacarte todos tus secretos. Acabas pidiéndoles que te maten".

    Los tres soldados se acercaron apuntándole y rodeándolo. Tenía ganas de llorar de miedo. No podía ser que se hubiera descuidado así. No era posible que se hubiera dejado sorprender tan fácilmente. No podía ser que estuviera a punto de morir.

    Llegaron junto a él y uno de ellos se acercó lentamente mientras los otros lo tenían encañonado. Para los soldados, cualquier precaución era poca, y los más experimentados también estaban asustados. Los saboteadores más peligrosos tenían apenas la edad de ese chico, que estaba demasiado cerca de una zona militar altamente restringida como para dejarlo ir tan fácilmente. Chicos como ese estaban eliminando soldados como si fueran moscas. Los soldados tenían miedo de que se tratara de una emboscada, y de que aquel chico fuera una carnada. Tenían que salir de ahí lo antes posible. Le obligaron a echarse en el suelo boca abajo. Tenían que salir de ahí lo antes posible. Podía haber otros. Lo registraron rápidamente. Estaba limpio. A lo mejor su historia era verdadera... a lo mejor no lo era. Tenían que salir de allí, corrían gran peligro. Los saboteadores eran ingeniosos y mortíferos.

    Daniel sintió un cañón frío en el cuello, y luchó con todas sus fuerzas para no llorar de miedo. Por favor que no me lleven a su base porque van a interrogarme y van a descubrir quien soy. Estaba echado cara al suelo. Sintió que llevaban sus manos a su espalda y que le ponían esposas. Se lo iban a llevar a la base.

    Desastre, muerte.

    Lo pusieron de pie y le dieron un empujón que lo hizo caer de nuevo de cara sobre una planta que le punzó el cuello. Le hicieron levantarse otra vez y le obligaron a trotar delante de ellos hacia su vehículo. Daniel estaba condenado a muerte. Su mente había quedado en blanco.

    Corrió manteniendo el equilibrio difícilmente sin atreverse a hablar. Las esposas estaban demasiado ajustadas y le lastimaban. Pensó desesperadamente en alguna escapatoria y nada se le ocurrió. Esperó un milagro. Cualquier cosa. Pero nada sucedió. Lo metieron al vehículo de patrulla y se lo llevaron a la planta de gas azul para interrogarlo.


    Lince recordaba que había tomado el tubo de la derecha al encontrar la bifurcación que no debía estar ahí. Ahora tenía que tomar el tubo de la izquierda. Siguió corriendo jadeante en la oscuridad, y encontró otra bifurcación que no recordaba. Pero siguió en linea recta. Estaba seguro de que ese era el camino correcto. Ese tenía que ser el camino.

    Según sus cálculos, ya debía estar por llegar a la salida en la que Viviana lo había visto por última vez. El la esperaría a la entrada de los tubos y todos volverían juntos al transporte. Pero de pronto el tubo se ensanchó y se aplanó extrañamente. No. Definitivamente él no había pasado por ahí. Siguió corriendo. No le quedaba otra alternativa que seguir corriendo. Dos indicadores en su casco empezaron a parpadear:

    "Temperatura 73¡ centígrados. Alerta. Traje puede mantener condiciones operativas y refrigeración por 41 minutos más. Aléjese de fuente de calor".

    Pero la otra alerta era mucho más preocupante:

    "Radiactividad demasiado alta. Salga de fuente de radiactividad lo antes posible. Traje puede mantenerlo aislado de la radiactividad por 31 minutos más. Es imperativo observar normas de precaución antiradiactividad a tiempo de sacarse el traje. Este traje deberá ser destruido y dispuesto en un contenedor de plomo al terminar esta misión. Radiactividad en aumento. Peligro de contaminación. Salga de fuente de radiactividad lo antes posible".

    De pronto chocó con una pared. Era el final del túnel. Por ese lado no había salida. Estaba perdido.


    La Trampa

    Daniel voló por el aire.

    Se cubrió la cara con ambos brazos, y sintió que su hombro derecho se estrellaba contra el muro de piedra. En aquel momento no sintió tanto dolor como después, pero ya sabía que su brazo estaba roto. Cayó al suelo. Se puso de rodillas difícilmente, y el guardia lo tomó por el cuello y levantó su cara obligándole a mirarlo.

    -¿Dónde están colocados los explosivos?

    Daniel tenía los ojos llenos de lágrimas. Miró suplicante al guardia y sintió sangre llenando su boca. El líquido espeso escapaba por el ángulo de sus labios y bajaba por su cuello. Todo el cuerpo le dolía intensamente.

    Daniel repitió mecánicamente algo que Gaviota le había hecho memorizar en el campamento 25 para el caso de ser capturado y sometido a un interrogatorio como ese. Una historia específica y detallada ya estaba programada en su mente, y llegaba a sus labios automáticamente:

    -Mi papá y yo nos hemos perdido. El ha ido por gasolina y me ha dejado junto al carro. El no ha vuelto. Me he alejado para buscarlo y no puedo encontrar el carro. Por favor ayúdeme.

    Un golpe en el pómulo izquierdo le hizo girar la cabeza. Algo se estrelló violentamente contra su estómago, y el impacto lo levantó en el aire. Cayó golpeándose las rodillas.

    Vio la bota brillante del guardia saliendo desde abajo de su estómago. Se incorporó hasta quedar de rodillas, y juntó las manos suplicante. Parecía una beata rezándole a un santo. Uno de sus ojos estaba tan hinchado que no podía abrirlo. Miró al guardia con el otro ojo y le dijo en un hilo de voz: "por favor, basta... por favor..." Tomó con ambas manos la bota del soldado y la besó antes de volver a caer de cara al suelo y decir llorando:

    -Por favor, ya no me pegue señor. Yo no sé nada... Por favor ya no me pegue... Yo no he hecho nada. Por favor, perdóneme. No me pegue. Perdóneme, por favor...

    -Dime la verdad. ¿Dónde están colocadas las cargas de nitrato?

    Daniel se abrazó de las botas del guardia y las manchó con su sangre. Ya no podía resistir el dolor. Decidió que lo confesaría todo, aunque así los atraparan a todos. Pero su cerebro había sido programado para mentir en caso de un interrogatorio:

    -Me llamo Andrés. Estaba de vacaciones con mi papá y nos hemos perdido. Por favor, por favor, por favor ya no me pegue señor... -Daniel besó las botas del guardia de nuevo antes de caer de bruces y sentir la pisada del otro soldado apretando su cuello contra el suelo, girando el talón para desgarrar la piel de su nuca.

    -Te identificaremos por tus huellas digitales. ¿Con quién has venido?

    -Con mi papá. Por favor, señor, ya no me pegue... Yo no he...

    Otro golpe en el estómago le impidió terminar. Quedó tendido de lado en el suelo. Apenas respiraba. Tomó su estómago con la mano izquierda. La derecha no respondía. Recibió otro golpe en el brazo roto y el dolor le nubló la vista. Sabía que nunca más podría usar ese brazo como antes. Sanaría la fractura con el tiempo, pero el codo ya no quedaría bien. Miró su brazo derecho y lo vio doblado hacia afuera, como un juguete roto. Si en ese momento hubiera podido, lo habría contado todo: la misión, la ubicación de los otros, la Gran Ofensiva, su entrenamiento secreto... Pero apenas respiraba.


    Ambos guardias salieron al viento helado de la puna que silbaba entre las plantas raquíticas, y se cubrieron las caras con los abrigos para poder respirar. Ya eran las seis de la tarde, y el viento había empezado media hora antes, como todos los días.

    La arena se levantaba y las pequeñas piedras se estrellaban contra las botas de los soldados. Cerraron bien la puerta del calabozo dejando a Daniel en el suelo, en medio de grandes manchas de sangre, gimiendo y llorando. Necesitaba atención médica.

    -¿Qué piensa usted, cabo?

    -Creo que no sabe, comandante.

    -Yo no estoy tan seguro.

    -Sí, mi comandante.

    Caminaron por el patio, y el viento aumentó. Tuvieron que hablar a gritos hasta llegar a los dormitorios de adobe.

    -Podemos usarlo para capturar a los otros.

    -Sí, mi comandante. ¿Qué hacemos?

    Entraron a la oficina de Omega ignorando al centinela que se cuadró junto a ellos, y cerraron la puerta. El viento quedó afuera y pudieron volver a hablar sin tener que gritar.

    -Yo creo que lo dejaremos donde lo hemos encontrado, cabo.

    -Sí, mi comandante, entiendo. -El cabo sonrió.

    El comandante Omega era especialista en cazar a los rebeldes. Los PROTECTORES tenían un gran entrenamiento, pero les faltaba experiencia, y caían en las trampas más obvias. Ese era el secreto para cazarlos: las trampas obvias.


    ES IMPOSIBLE SOLUCIONAR UN PROBLEMA SERIO, SIN CORRER EL RIESGO DE DEJAR LAS COSAS PEOR QUE ANTES.

    GAVIOTA

    Síndrome de China

    -Viviana, me he equivocado de camino al volver. Creo que estoy cerca del reactor. Aquí hace mucho calor y la radiactividad es muy fuerte. La computadora dice que tengo que salir, pero no sé dónde estoy.

    Sus manos estaban temblando y se olvidó de dirigir el mensaje solamente hacia ella, como se suponía que debía hacer durante las misiones de alto riesgo. Ella lo escuchó, pero también Lobo y Vizcacha.

    Ella cerró los ojos. Alex estaba en serios problemas, pero no debía ponerlo nervioso. El corazón de Marco dio un vuelco. Vizcacha se quedó inmóvil escuchando. El sabía mejor que nadie que era muy difícil salir de ahí sin ayuda electrónica.

    -¿Habían muchas bifurcaciones en el camino, Alex? -preguntó ella fingiendo estar tranquila.

    -Sí. Tres. -El también trataba de aparentar tranquilidad.

    "Esas tienen tres bifurcaciones, y esas tienen otras tres; está en serios problemas", pensó Vizcacha.

    La voz de Lobo se oyó por los auriculares de todos:

    -Delfín, ¿te contacto con Gaviota?

    -Afirmativo.

    Lobo se sacó la mochila de comunicaciones y empuñó el control remoto. Extendió la antena. Consultó su brújula, y una flecha luminosa le señaló una de las paredes frente a él. Calculó mentalmente la dirección en la cual debía encontrarse la base de Gaviota, y orientó la antena cuidadosamente para mejorar la recepción. Presionó una clave en los números que se encontraban sobre los botones luminosos del control remoto. Incrementó el alcance aumentando energía de las baterías al transmisor. Presionó un botón azul y esperó.

    Vizcacha pensó: "Da igual que se contacte con Gaviota o no. No pueden ayudarle desde allá. Necesita ayuda con su computadora... Eso o una maniobra desesperada... y rápido".

    Lobo escuchaba atentamente. Casi se le había parado la respiración. Sudaba dentro del traje como si hubiera un desperfecto en el regulador de temperatura.

    Ella pensaba tratando de priorizar lo que debía hacerse.

    Una voz entrecortada se oyó por los auriculares instalados en los cascos de los cuatro:

    -Gaviota aquí. Informen situación.

    Ella habló. Le correspondía porque estaba a cargo de la manada:

    -Lince se ha perdido en los tubos y se encuentra cerca del reactor. Su MultiAcceso está dañado y no puede determinar posición. Nuestros planos tienen fallas. Solicito instrucciones.

    -Quédate en linea, Delfín. Tengo que consultar con alguien que pueda hacer un diagnóstico especializado. Dejen la operación en suspenso.

    -Comprendido, -dijo ella. Luego se dirigió a los otros-: ¿Están escuchando?

    -Afirmativo, -dijeron las voces a coro.

    Lince se sentó en el suelo y trató de organizar sus ideas. Tenía que recordar exactamente dónde había tomado la bifurcación equivocada.

    Los neones minúsculos junto a sus ojos volvieron a parpadear repitiendo los mensajes de alerta:

    "Demasiado calor, demasiada radiactividad, salir de la fuente lo antes posible".

    Algo estaba mal. Si los canales de refrigeración jamás entraban en contacto, no podía ser que él se encontrara en un lugar que tuviera tanta radiactividad. No podía ser que las dos corrientes estuvieran en contacto. El calor se explicaba por la proximidad al reactor, pero no la radiactividad. Los conductos debían estar aislados con plomo. El agua que circulaba desde la laguna era la que inundaba aquellas cámaras. No era posible que estuvieran botando agua radiactiva a la laguna.

    El mensaje le decía al final que debía disponer de su traje con precaución para evitar la contaminación radiactiva. No sabía cómo evitaría contaminarse al momento de sacarse el traje. Desconocía el procedimiento. Estaba en problemas. Se dijo mentalmente que Viviana sabría cómo sacarle el traje y disponer de él sin contaminarse. Tenía que pensar en forma positiva. Viviana sabría qué hacer. Y si ella no lo sabía, entonces preguntarían a alguien por la radio. Lo importante por el momento era encontrar su camino de regreso. Tenía que salir pronto de aquellas catacumbas, o era hombre muerto.

    ("Yo creí que te habías preparado para la misión, Alex. ¿No has leído los documentos que nos han preparado los de inteligencia? Esto no es un juego, ¿entiendes?")

    ("En supervivencia, Lince, absolutamente todo vale, todo vale, todo vale, todo vale...")

    -Tal vez yo lo pueda ubicar con el aparato de radio y con la antena, Vivi. Podría chequear por la calidad de recepción si me acerco o me alejo. -Era la voz de Marco en los auriculares.

    -Negativo, Lobo. El laberinto te daría ecos y nunca le encontrarías. Además, si los mapas de su sección están equivocados, te perderías tú también. -Delfín oyó la sugerencia con sorpresa. Lobo tenía que saber perfectamente lo que ella acababa de decirle.

    "Es verdad", pensó Marco golpeando tres veces el casco con el nudillo del índice derecho. No podía perder el control. Si mantenía la serenidad, tendría más probabilidades de ayudar.

    ("Alex, Alex...")

    Vizcacha tenía una idea. Era una idea desesperada, pero por lo que estaba escuchando en los comunicadores era lo mejor que tenían por el momento. Estaba por sugerirla, cuando la voz de Viviana se escuchó:

    -Lince, voy a transmitir una copia en buen estado del programa de acceso al servidor que tienes dañado. Pero tienes que seguir las instrucciones al pie de la letra, porque tienes que colocarlo en los subdirectorios adecuados.

    -Sí, Vivi -dijo Alex. Parecía estar tranquilo. Eso era bueno. Pero todos sonaban demasiado tranquilos. Eso era demasiado artificial y le preocupaba. Todos estaban fingiendo. La situación era realmente difícil. Alex pensó que si la voz de Gaviota al otro lado empezaba a sonar como si él también estuviera fingiendo tranquilidad, perdería el control. Todas aquellas voces tranquilas le estaban destrozando los nervios.

    -Lobo preparando el equipo para transmitir software, -dijo Lobo. De alguna manera, la voz de Marco le hizo sentir mejor. No estaba fingiendo que las cosas estaban bien. Había genuina esperanza en su voz. No aquella tranquilidad falsificada que estaba por volverlo loco. Esperanza.

    -Aquí Gaviota. Quiero que los cuatro me reciban. -No. En Gaviota no había tranquilidad falsificada. Había algo peor: Había un profesionalismo frío como el ataque de una cobra. Había hielo en esa voz. "Soy una ficha de ajedrez sin importancia", pensó Alex, y escuchó atentamente el mensaje.

    -Aquí Gaviota. Manada 22, escúchenme atentamente. Esta es la evaluación especializada de su situación según tres científicos de la AV que han sido puestos al tanto de la misión y los sucesos últimos: Hay un 85% de probabilidades de que el reactor de la planta esté dañado, y haya escape de agua radiactiva hacia ciertas secciones del canal secundario. La planta no debería estar funcionando en esas condiciones de acuerdo a normas internacionales de seguridad, pero por los antecedentes que tenemos, es probable que la Corporación esté ignorando el riesgo. Hay túneles auxiliares abiertos para el personal que trabaja en la reparación del filtrado, y Lince debe haber pasado inadvertidamente una compuerta abierta que le ha dejado en el canal primario. Por eso ha encontrado conductos que no deberían estar ahí. Lince ha recorrido secciones del canal primario, y se encuentra en sectores altamente radiactivos. ¿Me están comprendiendo?

    -Afirmativo -dijo Delfín.

    "Déjate de tanto detalle, imbécil... Sólo dinos cómo sacar a Alex de ahí y largarnos de aquí", pensó Marco mordiéndose los labios sin darse cuenta.

    Gaviota siguió hablando:

    -Lince tiene que alejarse del reactor. Tiene que volver lentamente siguiendo la ruta que le ha llevado hasta donde está ahora. Tiene que encontrar la salida y por ningún motivo entrar al reactor que debe estar cerca de él.

    -¿Cómo es el reactor? -preguntó Alex sin emoción en la voz. También estaba frío como una cobra. Sabía que entrar en pánico sería el fin. "Tengo que saber cómo es ese reactor para no meterme en él".

    -No lo sabemos exactamente, Lince -dijo Gaviota-. Pero es una sala de forma circular que tiene cilindros radiactivos de uranio en una plancha movible del techo. Esos cilindros entran en contacto entre sí y producen fisión nuclear. Hay otros cilindros de grafito en el suelo en otra plataforma movible que encajan entre los de uranio para aislarlos. ¿Me has entendido, Lince?

    -Sí, Gaviota.

    Gaviota no estaba convencido. Preguntó a Lince:

    -¿Sabes lo que son las estalactitas y las estalagmitas, Lince?

    -Sí, Gaviota. Lo sé. Son las formaciones en punta que hay en el suelo y en el techo de algunas cavernas. Son algo así como lo que encontraré en el reactor si llego a él. El uranio arriba, y el grafito abajo.

    -Sí, Lince. ¿Sabes lo que es el grafito?

    -Sí, Gaviota. Es un mineral negro que antes se usaba como minas de los lápices.

    -Muy bien, Lince. No te acerques al reactor y trata de salir de ahí lo antes posible. Trata de seguir tus huellas. Concéntrate.

    -Sí, Gaviota.

    -Atención encargado de comunicaciones.

    -Sí, Gaviota -dijo Lobo.

    -Quiero un canal privado para hablar con Delfín a solas.

    -Sí, Gaviota. -("Lo que quieres decirle es que Alex es sacrificable, que lo dejemos ahí si no puede salir y que sigamos adelante con el sabotaje, no puedes hacer eso". El labio superior de Lobo sangraba entre sus dientes)

    -Los canales están cerrados, Gaviota. Sólo Delfín puede escucharte. -Lobo mintió. Había dejado todos los canales abiertos para que Alex escuchara la verdad.

    -¿Me escuchas, Delfín?

    -Sí, Gaviota.

    -Lince está en una zona altamente peligrosa. Está llevando cargas explosivas de nitrato de alto poder, y se encuentra prácticamente dentro de un reactor nuclear. Si las cargas de nitrato llegan a sobrecalentarse y explotar, habrá una reacción en cadena que puede ser catastrófica. No quiero que deje las cargas en el camino, porque pueden ser activadas por el agua radiactiva, y causar un escape de gran magnitud al lago desde la propia corriente primaria. Debe salir de ahí llevando los explosivos a como de lugar.

    Viviana escuchaba concentrada y con los ojos cerrados, pensando.

    Alex suspiró profundamente y sus rodillas temblaron. Palpó las dos cargas de nitrato que aparecían por el bolsillo de su rodilla. Sus manos también estaban temblando.

    Marco se mordía los labios.

    Vizcacha tuvo miedo por su poblado. Una reacción en cadena. Eso era un nombre de fantasía para una explosión nuclear. El poblado, su padre, sus casas, su tierra...

    -Escúchame bien, Delfín. Si hay una reacción en cadena, puede darse un Síndrome de China. ¿Sabes lo que es eso?

    Lobo lo sabía y el corazón le dio un vuelco de nuevo. No era sólo Alex. El y toda la gente en cien kilómetros a la redonda estaban corriendo un gran peligro. Incluso la gente de la ciudad de Oruro, sufriría un grado de contaminación radiactiva comparable a la que aniquiló a Hiroshima el siglo pasado. Alex tenía que escuchar lo que era un Síndrome de China. Alex tenía derecho a saberlo. "Por favor Viviana, dile que no lo sabes aunque lo sepas. Alex está escuchando. He dejado los canales abiertos, pero sólo lo sabemos Alex, Paulino y yo. Dile que no lo sabes para que Gaviota lo explique para Alex. El lo tiene que saber".

    -Negativo, Gaviota. ¿Qué es un Síndrome de China?

    "Gracias Vivi..."

    -Si una explosión daña los cilindros de grafito, no hay forma de parar la fisión del uranio. El uranio aumenta de temperatura incontrolablemente, y se derrite. Eventualmente, derrite el piso de contención y llega hasta la roca. Al poco tiempo derrite la roca y forma una bola caliente y pesada que empieza a hundirse en la tierra sin que nada pueda detenerla. Se llama Síndrome de China porque en teoría, podría llegar hasta el otro lado del mundo si no fuera detenida por la gravedad del planeta. Decían que llegaría hasta la China. Por eso se llama así. El principal problema es que ustedes se encuentran un una zona volcánica y la masa podría afectar seriamente los conductos subterráneos. Es imperativo que las cargas de mercurio de Lince no afecten a los tubos de grafito.

    -Comprendido, -dijo Delfín-. ¿Qué sugerencias hay para sacar a Alex de ahí?

    -Puedes reemplazar su MultiAcceso, pero si algo sale mal, se quedará sin computadora. Inclusive sin comunicaciones. Ahora sólo su servidor está desconectado, pero si algo falla al instalar el nuevo software, toda la computadora quedará colgada, y según mis archivos, él no sabría cómo reiniciarla.

    -Estábamos listos para transmitirle el software, Gaviota. Procederemos.

    -Afirmativo. Buena suerte, Delfín. Nosotros tomaremos otras medidas desde aquí. Si surge algo los mantendremos informados. Gaviota fuera.

    "Van a evacuar gente y lanzar alertas. Alex es sacrificable según ellos. ¡Que se mueran con las medidas que van a tomar! No saben cómo sacar a Alex de ahí..." Lobo pensaba eso furioso y desesperado (Oh, Alex...).

    -Atención, Lobo.

    -Sí, Delfín.

    -Prepárate para transmitir software al CPU de Alex.

    -Estoy preparado, Delfín.

    -Lo configuraremos de tal forma que se acomode automáticamente al ingresar al sistema. Quiero que me des 6 megas de capacidad.

    -Sí, Delfín.

    -Alex, ¿estás escuchando?

    -Sí, -balbuceó Alex.

    -¿Listo para recibir el software? Es probable que algunos de tus sistemas, incluso comunicaciones, sufran un apagón. Las defensas contra calor y radiactividad se quedarán en manual si hay colapso del sistema, y tendrás que manejarlas tú mismo.

    -Comprendo, Delfín -dijo él, y su voz sonó decidida y animada de nuevo. Esto no podía fallar. La muerte era algo lejano e imposible. El había corrido riesgos antes, hasta había sido en el fondo autodestructivo sin saberlo. A la mañana siguiente estaría vivo, como siempre, junto a Vivi y sus amigos. Tendría una historia alucinante que contar. Todo saldría bien al final-. Estoy listo, Vivi.

    -Esperen... -dijo Vizcacha ("todavía no hay nada convincente para sacar a Alex de ahí, todavía no hay nada mejor que la idea que tengo, todavía soy el que más sabe de orientación entre los cuatro; lo que tengo es desesperado pero es lo mejor que hay...)-. Esperen por favor.

    -¿Qué quieres, Vizcacha?

    -Escucha, Lince -dijo Vizcacha-. Si pierdes contacto, o si pierdes luz, camina hacia tu derecha hasta tocar la pared con la mano derecha. Camina lo más rápido que puedas sin dejar de tocar la pared con la mano derecha. No importa cuántas vueltas des, ni que vayas a parar al mismo lugar ni nada. No dejes de tocar la pared derecha y no dejes de caminar. ¿Has subido o bajado gradas?

    -No, Vizcacha. No entiendo por qué quieres que...

    -Cállate y escúchame, -dijo Vizcacha-. No hay tiempo para explicarte ahora. Si no funciona la transferencia de software, empieza a caminar de inmediato. Esa es la forma de salir de un laberinto, Alex. -Vizcacha casi podía palpar la tensión de Alex al otro lado del comunicador. Tenía que disminuir la tensión de alguna forma-: Oye Alex, ¿tú sabes por qué el presidente Cordero estaba cavando en su jardín?

    Alex sabía el chiste. Era viejo y malo. Pero cualquier cosa que relajara la tensión era bienvenida.

    -¿Por qué, Vizcacha?

    -Porque le pidieron que busque la raíz cuadrada. Ahora empieza a caminar junto a la pared derecha. Dejaremos marcas electrónicas activadas si tenemos que irnos antes de que tú salgas de ahí.

    -Atención, Lince -dijo ella-, estamos empezando a transmitir software.

    -Lince recibiendo. Lince caminando por el lado derecho del laberinto.

    "Buena suerte, Alex", pensaron los tres.

    Una ventana informática apareció en el casco de Alex.

    "Transmisión de Software en proceso. Ciertos archivos necesitan ser descomprimidos. Por favor compruebe espacio disponible. Necesita espacio libre de por lo menos 6.87 mb. Proseguir? Abortar?"

    -Proseguir, -dijo Alex mientras su mano derecha tocaba la pared de cemento caliente y su paso se transformaba en trote. Los detonadores de Nitrato parecían pesar toneladas en el bolsillo de la rodilla de su traje.

    "Descomprimiendo archivos

    35%,

    76%,

    97%.

    100%.

    Archivos descomprimidos. Ciertos archivos deben ir a carpetas específicas del sistema. Colocar en carpetas? Abortar?"

    -Colocar, -dijo Alex jadeante, corriendo junto a la pared sin saber hacia dónde se dirigía.

    "Aplicación MA 101 corresponde a la carpeta Ôutilidades'. Desea colocarlo en esa ubicación? sí - no"

    -Sí. -El calor aumentaba. No solamente venía de afuera (el traje lo estaría aislando de ese calor) sino también desde adentro. El sudor mojaba su nuca.

    "Advertencia: Ya existe una Aplicación MA 101 en esa ubicación. Desea borrarla y colocar la nueva en su lugar? sí - no"

    -Sí. -Había una extraña luz verde en el túnel hacia el que se dirigía. Pero no podía separarse de la pared derecha. Eran las instrucciones de Vizcacha. La luz verde.

    "22 documentos deben ser colocados en el folder del sistema dentro de la carpeta de utilidades extendidas y acceso a periféricos. Las colocamos en la carpeta respectiva? sí - no."

    -Sí. -La luz verde. Tenía que ser el reactor. Era como los colores de sus pesadillas, opacos y muertos. Pero esto era real. Estaba caminando directamente hacia el reactor.

    " Advertencia: El documento Ôcompatibilidad del sistema' está intentando hacer cambios en el programa operativo. Si los cambios no son satisfactorios habrá colapso. Permitir cambios? Aislar intruso? Eliminar intruso?"

    Alex tragó saliva. Las paredes humeantes por el calor, la luz verde fantasmagórica cada vez más cerca, la muerte cara a cara, Síndrome de China, fisión nuclear, no te separes de tu derecha.

    -Permitir cambios... -dijo inseguro, como cuando era pequeño y le preguntaban en clases algo que no sabía, y él decía la respuesta preguntando más que contestando.

    "Compatibilidad del sistema está haciendo cambios en el sistema operativo para acomodar aplicación MA 101. Cambios:

    35%,

    67%

    68%

    69%

    69%

    69%

    !(&8*9))&&&&&&"

    Alex sintió algo como un golpe en el pecho al ver los últimos caracteres. Malo, malo, malo. Esa última línea no tenía sentido. Quedó quieto por un momento, aterrorizado. ¿Era un colapso del sistema? ¿Se había quedado incomunicado y con la computadora colgada?

    "&&&&&&&&&&&&&&

    "&&&&&&&&&&&&&&

    ERROR/HA HABIDO UN COLAPSO EN EL SISTEMA/ DEBE REINICIAR"

    Las luces se apagaron dentro de su casco. Los pequeños letreros de alarma de temperatura y radiación se apagaron lentamente. El sistema de comunicaciones estaba en silencio total. El mapa desapareció. La luz se fue de su traje. Todos los sistemas estaban muertos. Adelante, la luz verde de muerte. El reactor.

    Golpeó la pared con ambas manos.

    "Maldita computadora... ¿Qué hago ahora?" Dentro de su casco había una lágrima de rabia más que de miedo. "¿Qué hago?"

    Quedó inmóvil por un minuto, tocando la pared con la mano derecha y mirando la luz verde delante de él. Todos los mecanismos del traje estaban muertos.

    Los colores eran como en sus pesadillas. Pero estaba perdido de verdad junto a un reactor nuclear, y a punto de hundirse en la corteza terrestre como una partícula del Síndrome de China. Decían que el infierno estaba bajo tierra. Una pesadilla. Era hombre muerto. Su padre pensaba que estaba en el campo, en un viaje de estudios de su colegio. Pero no, ya había pasado demasiado tiempo. Ya no podían realmente creer eso. Para entonces tal vez su padre y su hermano lo habrían dado por muerto. A veces los chicos simplemente desaparecen, asesinados por ladrones que roban sus zapatos de carrera, o cualquier ropa que parezca cara. Creerían que eso era lo que le había pasado. La policía lo habría buscado hasta el cansancio. Tal vez ya habría pasado su funeral. ¿Cómo es posible que no hubiera pensado en eso antes? Ahora estaba a punto de morir de verdad.

    Cerró los puños. Sus piernas estaban paralizadas por el miedo. Empezó a pensar incoherencias.

    (Tal vez el infierno era eso. Moriría quemado y se iría como una masa incandescente al centro de la tierra. La soledad era insoportable. La desolación. Seguramente estar muerto era más o menos así.)

    ("Lo que hacemos no es un juego, te arrepentirás de haber ido, en supervivencia todo vale, por lo menos toquemos la eternidad, Vivi, no te separes de la pared derecha, la derecha, la derecha, la derecha, la derecha".)

    Rió solo al pensar en eso. Era un disparate. Correr siempre junto a la pared derecha. No tenía sentido. No tenía lógica. Seguramente era una broma de Vizcacha. ¿Qué relación puede haber entre mantenerse junto a la pared derecha y escapar de un laberinto? Obviamente ninguna. ¿O sí?

    Alex dibujó un laberinto en su mente lo mejor que pudo, pero se borró rápidamente de su memoria. Lo intentó otra vez, y tampoco pudo retenerlo. Decidió que iría con sus diseños imaginarios de lo simple a lo complejo. Imaginó primero un cuadrado con una sola salida. Lo recorrió mentalmente manteniéndose siempre junto a la pared derecha, y encontró la salida. Empezó a comprender y levantó la cabeza en la oscuridad. Aumentó a su cuadrado imaginario un pasillo y un callejón sin salida. Recorrió mentalmente su nuevo laberinto... y encontró la salida. Abrió los ojos en la oscuridad, y aumentó dificultades a su laberinto imaginario. Volvió a recorrerlo mentalmente junto a la pared derecha. Recorrió esta vez casi todas las paredes, entró y salió de un callejón sin salida siempre manteniéndose junto a la pared derecha... e irremediablemente terminó encontrando la salida.

    Sus ojos brillaron en la oscuridad. Tocó de nuevo la pared con su mano derecha, y empezó a correr junto a ella. Vizcacha tenía razón. Era cuestión de tiempo. Sólo necesitaba tiempo para recorrer todo el laberinto y encontrar la salida.


    Los ojos de Viviana y de Marco brillaron dentro de sus cascos cuando Vizcacha les explicó la técnica para salir del laberinto. Estaban junto a la entrada desde la que ella había despedido a los tres. Vizcacha tenía razón. Era cuestión de tiempo.

    La comunicación con él estaba cortada. Era seguro que había habido un colapso en la computadora del traje de Alex. El estaría incomunicado y sin luz. Pero si corría junto a la pared derecha tendría que encontrar la salida tarde o temprano.

    -Tenemos que irnos, -dijo ella- deja señales electrónicas activadas para mostrarle el camino, y déjale una linterna a la salida del sexto tubo, Lobo. Así Alex podrá salir de aquí.

    -Sí, Delfín -dijo él radiante.

    -Bien hecho, Vizcacha.

    -Gracias, Delfín. Pero todavía no sabemos si tendrá tiempo para salir.

    -Vámonos, -ordenó ella.


    -Han entrado por aquí. Saldrán de un momento a otro, -dijo el comandante Omega ajustando el casco negro de su traje de combate. El circuito de camuflaje se activó automáticamente, y las cuatro capas de pixels de cuarzo: celeste, rosado, amarillo y negro, se tiñeron de millones de colores haciendo al cazador invisible. Pasó la mirada por el inmenso tubo que se dirigía hacia la planta como una serpiente plateada, y activó sus detectores de movimiento. Las siluetas de las colinas, el horizonte y las nubes, aparecieron en colores intensos, parecidos a los colores de los dibujos animados antiguos. Tres luces detectores de movimiento centellearon 45¡ a su derecha. Por un reflejo adquirido a través de 20 años de experiencia en combate, Omega se volvió sobresaltado hacia ellas. No eran blancos hostiles en movimiento. Eran tres de sus soldados. Omega se relajó y les dijo:

    -Los saboteadores saldrán por aquí de un momento a otro. Seguramente esperarán una señal de su amigo para salir. Al no encontrarlo en la entrada del tubo, scanearán el sector. Quiero que ustedes esperen enterrados en la arena sin moverse. ¿Están listas las trampas?

    -Sí, comandante, -dijo una mujer alta cuadrándose.

    -Quiero que al scanear la zona, ellos detecten a nuestro prisionero, crean que ha caído por aquel acantilado, y vayan a ayudarle. La hago responsable de que caigan en las trampas al tratar de ayudar a su amigo, teniente Alfa.

    -Sí, comandante. Hay cuatro entradas al sector de la playa en que dejaremos al chico. Las cuatro están preparadas con trampas antipersonas.

    -¿Y el prisionero?

    -Lo hemos drogado, comandante.

    Otras tres luces centelleantes amarillas se vieron en el visor detector de movimiento del casco de Omega, contrastando con el color celeste encendido en que se veía el tubo metálico.

    -Ahí vienen, -dijo Omega.

    Dos siluetas aparecieron primero como a cien metros del cazador, moviéndose ágilmente dentro de los tubos. Un poco más atrás venía otra algo más despacio. Eran los saboteadores. Omega sintió un cosquilleo de ansiedad en las palmas de las manos.

    -Escuche, teniente Alfa. Probablemente los que vienen por delante son el guía y el jefe del pelotón. Pueden eliminar al guía, pero traten de conservar con vida al jefe. Tengan un poco de paciencia antes de intervenir porque el tercero que va a salir debe ser el que lleva el equipo de comunicaciones. Se mueve despacio en los visores, así que debe ser el que lleva el equipo de radio. El cuarto no aparece aún. Tal vez siga perdido en el laberinto. Quiero que entren a los tubos desde dentro de la planta y lleven equipo para registrar cada milímetro de los canales de refrigeración.

    -Sí, comandante Omega.

    -Quiero al jefe vivo para saber dónde están las bombas. Eliminen al guía en cuanto lo vean porque es posible que conozca vías de escape. Vuelen al de la radio con una descarga explosiva en cuanto lo vean porque podría dar aviso. Mantengan vivo al cuarto, el que está perdido en el laberinto, hasta saber si dejó explosivos en el camino mientras recorría los tubos. En 220 minutos, todos deben evacuar la zona. Existe riesgo de Síndrome de China y hay orden de usar gas azul. Ahora nos moveremos en silencio por sí tengan amplificadores de sonido.

    Ella se cuadró en silencio y se dirigió corriendo hacia los soldados.


    Alex se detuvo. Su ruta junto a la pared derecha lo llevaba dentro del reactor. Se detuvo a la entrada y miró con los ojos entrecerrados la luz verdosa que deslumbraba sus ojos adaptados a la oscuridad. La luz salía de los tubos del techo, que parecían gigantescos focos de neón colocados en forma vertical. Calculó que había unos 300 tubos. Tal vez más. Abajo estaban los otros tubos: los de grafito -grises pero brillantes-. Tenía que entrar.

    Dio un paso dentro de la sala. Pensó que era como el motor atómico de una nave espacial. Era como una discoteca fabulosa sin pista de baile. Era hermoso como un paisaje de otro mundo. Era mortal como... un reactor nuclear. Síndrome de China. Estaba dentro del reactor con cargas de nitrato en el bolsillo de la rodilla. Síndrome de China. Al menos sería una muerte de diezmillonésimas de segundo. El no sentiría nada. Sólo se desvanecería en un instante, y empezaría a viajar hacia el centro de la tierra. Tal vez había vida después de esta y tal vez no. Pero de todos modos tendría una de las muertes más espectaculares que nadie tuvo jamás.

    Muerte. Pero sólo los adultos piensan en la muerte. Viviana lo estaba esperando fuera del laberinto. Ella lo necesitaba. Eternidad. El no podía morir.

    Corrió entrando al reactor y manteniéndose siempre al lado derecho. Sus indicadores de radiactividad y calor enloquecieron. Subió los aislantes al máximo y siguió corriendo junto a la pared. Su sombra difusa se distorsionaba en la luz verde, como en las pesadillas. Pero se había visto muy cerca de la muerte antes, y había sobrevivido. Corrió haciendo un gran círculo porque la cámara era una inmensa esfera (como su casco, pero del tamaño de una cancha de baloncesto). De pronto, vio las siluetas de tres personas que también corrían.

    Se detuvo en seco y las tres siluetas también se detuvieron. Permaneció inmóvil por un segundo. Dio un paso hacia adelante y las tres siluetas también dieron un paso.

    "Son espejo, son espejos, no hay nadie más aquí, estoy sólo".

    Volvió a correr y llegó al lugar donde había visto su propia imagen reflejada en la pared. Todo el fondo del reactor era como un espejo cóncavo gigantesco. Tenía sentido. Era para conservar el calor.

    Sus alarmas de radiación volvieron a parpadear. Trató de incrementar el poder de los aislantes pero ya se encontraban al límite de su capacidad. Sólo le quedaba correr más rápido.

    Sus rodillas temblaban. El explosivo de nitrato en el bolsillo parecía pesar 10 ó 20 kilos. Síndrome de China. Empezó a sentir cansancio, pero no podía darse el lujo de detenerse. Tenía que salir de ahí. Su reserva de oxígeno todavía era suficiente, pero la estaba consumiendo rápidamente corriendo. Era como los ejercicios nocturnos con Aguila. Era como las carreras del Cachorro en el campamento 22 (con Síndrome de China).

    NO EXISTE EL TEMOR

    NO EXISTE EL DOLOR

    ¡¡¡SALVAREMOS AL MUNDO!!!

    Llegó a la salida del reactor y suspiró. Los explosivos de nitrato no habían detonado con el calor. No quiso mirar el termómetro de su traje. Rato antes, cuando estaba relativamente fresco, había visto 89¡ centígrados. Se preguntó cuál sería la temperatura cuando el reactor estaba prendido. ¿Cientos de grados? ¿Miles?

    Se detuvo en el umbral de la puerta para dar una última mirada. El techo de tubos radiantes, las piezas de grafito que parecían piedras preciosas gigantescas, el techo que parecía una nube de algodón, las paredes de espejos limpios y perfectos, la luz irreal y hasta mágica, las sombras difusas...

    Muy poca gente tendría el privilegio de ver aquel espectáculo sobrecogedor y mortal.

    "Mi padre cree en religión y esas cosas", pensó Alex. "El hubiera pensado en mi lugar que es como la entrada al cielo".

    Delante de él estaba de nuevo el tubo. La oscuridad total. El laberinto que se lo había tragado. La lucha contra el tiempo y contra el cansancio. Tenía que salir de ahí rápido.

    ¡NO EXISTE EL DOLOR!

    ¡NO EXISTE EL MIEDO, por favor...!

    Si la generación de sus padres no hubiera sido tan patéticamente estúpida, él no estaría corriendo por esos tubos de muerte llevando el Síndrome de China en la rodilla derecha. Alex trataba de descargar su rabia contra algo, y distraer su mente del miedo que podía aniquilarlo.

    "Deben morir todos ellos, Lince. Los que nos hicieron esto y los que lo permitieron en silencio". Casi pudo escuchar la voz de WARA como si estuviera saliendo de las paredes oscuras de aquellas catacumbas en las que corría a ciegas. Hasta le pareció por un momento que WARA era quien tenía razón. Todos los que vivieron antes del año 2.000 merecían morir. Alex estaba furioso. Pero ese sentimiento le daba energías para seguir corriendo.

    NO EXISTE EL DOLOR.

    Su pecho estaba a punto de estallar. Se sentía como se había sentido el primer día con Aguila, cuando se desmayó y vomitó en el suelo.

    NO EXISTE EL DOLOR, POR FAVOR, POR FAVOR.

    Las nauseas querían abrirse paso en su pecho, sintió sabor a sangre en la garganta. El dolor estaba a punto de explotar.

    NO EXISTE EL DOLOR, POR FAVOR, AHORA NO, TENGO QUE SALIR DE AQUI, NO ME QUIERO MORIR...

    Empezó a ver luces, pero desaparecieron. Estaba viendo luces por el cansancio. Su mente ya no estaba funcionando bien. Las luces estaban sólo en su mente, y desaparecían cuando él las miraba fijamente. Eran luces amarillas y opacas de muerte que sólo estaban en su mente.

    Siguió corriendo.

    El dolor EXPLOTO en su pecho.

    EXPLOTO COMO UNA CARGA DE NITRATO. EL DOLOR LO INVADIO POR UN SEGUNDO. EL DOLOR RECORRIO TODO SU CUERPO CANSADO.

    Alex gritó sólo en la oscuridad, y el eco repitió muchas veces su grito hasta que desapareció entre los túneles como si alguien estuviera bajando el volumen lentamente. Cayó al suelo y respiró hondo para no vomitar. No podía vomitar. Arruinaría las tomas de oxígeno y el sistema electrónico aislante dentro del casco. Y no podía sacarse el casco porque la superficie de su traje estaba contaminada.

    No vomitó.

    Levantó la cabeza lentamente, y vio otra pálida luz delante de él, como a unos 50 metros al final de aquel túnel. Era luz verde.

    "He vuelto al reactor. Por favor no. No puedo entrar con este nitrato al reactor otra vez. Esta vez explotaría. Sé que explotaría. Síndrome de China..."

    Pero no. No era luz verde. Se levantó rápidamente. Sus piernas le sostenían tambaleantes. Era azul. Era luz azul. El azul de los señalizadores electrónicos de Vizcacha. Un señalizador electrónico de Vizcacha que estaba encendido a 50 metros de él mostrando la ruta de salida.

    "Vizcacha... Vivi... Marco... Vamos a volver todos juntos, chicos..."

    Trotó tambaleante hacia la luz y cayó. Se levantó de nuevo y siguió trotando. Llegó a la luz azul y vio una linterna. Y junto a la linterna había un mensaje:

    "Apúrate, Alex. Tu manada te espera en el punto por el que hemos entrado al tubo.

    Vivi, Paulino, Marco"

    Alex se sentó en el suelo y suspiró en silencio. Estaba salvado.

    "Gracias, Vizcacha. Gracias chicos."


    -Algo está mal, Delfín -dijo Vizcacha cerca de la salida.

    -¿Qué pasa?

    -¿Por qué no habían roedores en el camino de vuelta?

    -Tienes razón, -dijo ella mientras una alarma en su mente indicaba peligro.

    -Hubo gente en este túnel mientras nosotros estábamos en la planta. Deben estarnos buscando.

    -Si han encontrado nuestras huellas, saben por dónde hemos entrado y nos esperarán en cuanto tratemos de salir de aquí.

    -Oh, no... ¡Danny! -exclamó Marco desde atrás.

    -Sí, -dijo Delfín pensando rápidamente. Se imaginó que Daniel se habría aburrido en el transporte porque no estaba preparado para pasar tantas horas solo, y habría salido a caminar. Mientras más lo pensaba, más segura se sentía. Daniel había sido descubierto, le habían hecho hablar, y ahora los soldados sabían de la manada, de la misión, de la entrada por los tubos, y todo lo demás.

    -Lobo, comunícate con el transporte y trata de averiguar qué pasó, -ordenó ella.

    -Sí, Delfín. Manada 22 a Tigre.

    No hubo respuesta.

    -Manada 22 a bitácora de transporte K 12. Clave 561.

    La clave activó el cerebro electrónico del transporte, y una voz artificial se oyó por los auriculares de los tres:

    -K 12. Clave 561. Tiene acceso.

    -Indicar posición de Tigre.

    -Desconocida.

    -Indicar movimientos sospechosos detectados al abandonar Tigre el transporte.

    -Procesando...Procesando...Ninguno.

    -No lo han capturado en el transporte, -dijo Lobo.

    -Ajá, ellos no tienen nuestro transporte -dijo ella. -Han capturado a Daniel cuando ha salido. K 12, indicar movimientos sospechosos detectados después de que Tigre abandonó transporte, -dijo dirigiéndose al micrófono.

    -Procesando... Un vehículo patrulla ha pasado a 67 metros de este punto. K 12 no ha sido detectado.

    -Los que lo tienen... -dijo Marco tristemente.

    -Sí, -dijo ella.- Tenemos que traer el transporte a control remoto.

    -¿Y Danny? -preguntó Lobo abriendo mucho los ojos.

    Viviana no respondió.


    El dolor había disminuido.

    Daniel estaba aún consciente. Sentía que lo llevaban junto al río. Había 4 ó 5 de ellos. Estaba paralizado, y sabía que lo usarían como carnada. El dolor seguía disminuyendo, pero sabía que eso sería temporal. En un par de horas, el dolor volvería más fuerte que nunca. Tenía por lo menos dos fracturas. Su brazo derecho nunca más funcionaría bien. Su rodilla derecha apenas lo sostenía cuando ellos terminaron de interrogarlo. Estaba seguro de que había vomitado sangre cuando perdió el conocimiento la última vez. Después había despertado enloquecido por el intenso dolor, y mientras suplicaba que lo ayudaran, ellos le habían inyectado una substancia verde que lo había paralizado.

    Los soldados que lo llevaban eran sombras difusas que se balanceaban junto a él. El sol era como una llamarada de fuego que lo consumía. Pero tenía que encontrar una forma de ayudar a sus amigos. Tenía que luchar contra la droga paralizante, tenía que mantenerse consciente de alguna forma y advertirles. Tenía que reaccionar...


    Delfín

    -Atención, prepárense para combate.

    -Sí, Delfín -dijeron ellos a dúo. Vizcacha se detuvo y abrió los programas de scaneado y detección de puntos hostiles en el CPU de su traje de incursiones. Lobo presionó un botón amarillo en la parte baja de su mochila, y el equipo de comunicaciones envió una señal de alerta a todas las unidades de la AV que se encontraran dentro del radio de alcance de la transmisión. Esta vez no sentía la adrenalina excitándolo. Tenía un mal presentimiento. Miró a Delfín, que estaba unos 20 metros por delante de él, en la pantalla verde y negra del detector de temperatura.

    -Lobo, tú perforarás otra salida en el tubo cerca del transporte, y lo traerás a control remoto. Te quedarás junto al tubo esperando a Lince. Quiero que actives los deflectores de tu traje para que no puedan verte con detectores de temperatura. Deja la radio donde estás ahora para despistar a los soldados.

    -Sí, Delfín -dijo él nerviosamente mientras se sacaba la mochila de comunicaciones y la abría en el suelo. Sacó de ella un pequeño aparato parecido a un reloj de pulsera, y se lo puso en la muñeca derecha. Era el control remoto del transporte blindado. Luego activó verbalmente los deflectores en la computadora del casco para hacerse invisible. Miró a Delfín por una décima de segundo antes de correr por el tubo en dirección a la colina. Ella pensaba quedar como señuelo para que los otros se salvaran.

    -Vizcacha, -dijo de nuevo Delfín, profesional y fría-: Voy a usar luces halógenas para salir de aquí. Veo a Tigre en los scanners en posición 454/988. Está inconsciente en un acantilado a unos 400 metros de aquí. Seguramente están tratando de usarlo como carnada. Tú conoces bien el lugar. Quiero que vayas a ayudarle, pero ten mucho cuidado porque deben haber dejado trampas.

    -Sí, Delfín. -Vizcacha ya había introducido las coordenadas 454/988 en su computadora. Amplió la señal del punto en sus visores, y vio borrosamente a Tigre tendido de lado en el suelo. Luego scaneó el acantilado. Sería muy difícil entrar ahí sin caer en una trampa. Se puso detrás de Delfín y disminuyó al 10% la transparencia de su casco. Delfín usaría una granada de luz halógena para poder salir del tubo, y si él miraba la luz, tendría una conjuntivitis física casi de inmediato. El dolor en los ojos lo dejaría fuera de combate por horas. Y si alguien miraba el destello con detectores de temperatura o amplificadores de luz, quedaría ciego permanentemente porque su retina -literalmente- se quemaría.

    -¿Y tú, Delfín?

    -Los distraeré mientras pueda. Triplicaré la señal de mi traje para que ellos piensen que ustedes están conmigo. Espero que eso les dé tiempo para ponerse a salvo. Atención Vizcacha: granada halógena en cinco... cuatro...

    (Vizcacha activó sus deflectores para hacerse invisible, y se puso de cuclillas detrás de Delfín)

    ...tres ...dos...

    (Delfín lanzó una descarga de minidums y el boquete remachado cayó para afuera dejando entrar la luz del sol)

    ...uno...

    (presionó un botón rojo en la granada y la tiró fuera del tubo por el agujero)

    "¿Sabrá Gaviota que estamos en problemas? ¿Podrá enviar ayuda?"


    CUARTA PARTE

    Apocalipsis


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